Ivana suspiró y miró a Lana, que seguía adentro mientras le secaban el pelo. La perrita meneaba la cola con entusiasmo, mirándola a través del cristal de la puerta.
Inclinaba un poco la cabeza, con las orejas dobladas hacia adelante y una expresión algo confundida en los ojos.
Ivana sonrió. Esperó a que su pelaje estuviera completamente seco y luego la llevó a casa.
Después de eso, finalmente fue al hospital. Tras preguntar por indicaciones, llegó a la habitación de Nelson.
La puerta de la habitación privada estaba insonorizada, por lo que era algo pesada. La empujó con cuidado.
Descubrió que Nelson estaba solo en la habitación, recostado contra la cabecera de la cama.
Llevaba puesta una pijama de seda gris claro algo holgada que dejaba ver un poco de sus delgadas clavículas. Tenía una tablet en las manos y en su rostro se notaba una clara irritación.
Ivana abrió la puerta por completo y fue directo al grano: —¿Dónde está mi mamá?
Aunque Nelson tenía un brazo inmovilizado en un cabestrillo, su actitud imponente no había disminuido en lo absoluto. —¿Por qué tardaste tanto? ¿Viniste arrastrándote?
Ivana pensó que se toparía con su madre ahí, pero al confirmar que se había ido, respiró un poco más aliviada.
Nelson cerró la tablet lentamente y habló con tono sarcástico:
—¡Qué honor recibir a la señora Basurto el día de hoy! Estando yo aquí tirado, en estado de gravedad, ¿ni siquiera vas a saludarme?
Ivana se cruzó de brazos, parada en la puerta, con cero intenciones de acercarse a la cama. —De ahora en adelante, ¿podrías dejar de meter a mi mamá en nuestros problemas?
Si no fuera por la llamada de su madre, ni siquiera se habría molestado en ir.
El rostro de Nelson se ensombreció. Justo cuando iba a replicar, la puerta de la habitación se abrió de nuevo.
Entró una enfermera con medicamentos.
Ivana vio cómo la joven retiraba el envase vacío y volvía a insertar una aguja en la vena de la mano de Nelson. Le dejaron conectadas tres botellas de diferentes tamaños.
Se quedó en silencio unos segundos y, finalmente, le preguntó a la enfermera: —¿Es grave lo que tiene?
Nelson soltó un bufido de desprecio.
—Ella es un amor de mujer, súper comprensiva, muchísimo más atenta que yo. Seguro que cuidaría de ti con más entusiasmo. ¡Yo ya me cansé de ser la sirvienta de nadie!
El rostro de Nelson, que ya de por sí estaba pálido, se puso verde de la rabia. La furia en sus ojos era casi palpable. Apretó los dientes y soltó:
—¡Eres insufrible! ¡No me importa, quiero mi comida!
Ivana, con dolor de cabeza por sus gritos, dudó unos segundos, pero terminó dándose la vuelta y saliendo de la habitación.
Nelson sonrió con satisfacción.
Sin embargo, quince minutos después, Ivana estaba de vuelta y dejó caer una bolsa de plástico sobre la mesita de noche.
Nelson apenas le echó un vistazo y su ceño se frunció aún más. Habló con evidente disgusto.
—¿Pretendes que coma esto?
Para demostrarle que no lo había hecho con mala intención, Ivana acercó la bolsa y se la mostró: —¡Fideos instantáneos sabor carne asada, pollo con verduras o camarón con chile! ¡Puedes elegir el que más te guste!

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