"Esto es solo algo para que tengas qué picar y te entretengas, pero estas dos cajas grandes tienen un guiso de cerdo tradicional que hice especialmente".
"La última vez que comimos en casa, me di cuenta de que a Nelson le gustó mucho. Llévatelo también y cuando vayas a verlo, solo tienes que calentarlo".
"No le digas que lo hice yo; ¡dile que se lo preparaste tú con todo tu cariño!".
Hacer ese guiso era un trabajo enorme; primero había que quemar el cuero del cerdo y luego rasparlo minuciosamente con un cepillo hasta que quedara impecable.
Al ver a su madre moviéndose de un lado a otro en la cocina, a Ivana se le encogió aún más el corazón. "¡Mamá, no te preocupes por él! Hay empleados en la casa, ¡si tiene algún antojo, solo tiene que pedirles que se lo cocinen!".
Pero su madre no estaba de acuerdo: "Lo que hace el personal es una cosa, ¡lo que haces tú es completamente distinto! ¡Y más ahora que Nelson está enfermo!".
Mariana se negó a admitir que lo había cocinado ella, e insistió en que debía ser un obsequio de Ivana.
Sin embargo, mientras hablaba, pareció notar que algo andaba mal con su hija. Suspiró suavemente y le habló con voz cargada de experiencia:
"En la vida de pareja es normal que a veces haya roces, es como las cucharas golpeando las ollas. Si le dejas todo al personal de la casa, entonces ya no se siente como un hogar, ¡sino como un hotel!".
"Si sientes que Nelson está fallando en algo, háblalo con él y enséñale cómo quieres que se hagan las cosas. Los hombres, a veces, son como niños grandes y necesitan que los guíen".
"Justo ahora que está enfermo, ¿no crees que es la oportunidad perfecta para acercarse?".
Ivana escuchaba a su madre y no sabía ni por dónde empezar a explicar.
Pensó en su relación con Nelson Zavala, en cómo las intensas peleas del principio se habían transformado en un frío silencio. Los problemas entre ellos ya no tenían arreglo.
"Mamá, la verdad es que yo..."
Ivana pensó en lo delicada que estaba la salud de su madre y no estaba segura de si era el momento adecuado para decirle que iba a divorciarse.
Mariana sonrió aliviada; agarró la caja de cartón grande y una de las bolsas, dejándole solo dos contenedores pequeños a Ivana.
Ivana intentó quitarle la caja grande de inmediato: "Mamá, eso está muy pesado, ¡déjame a mí!".
Pero su madre se negó rotundamente a soltarla: "No pasa nada. Tú solo ábreme la puerta y ¡no te olvides de llevar las dos bolsas de la mesa!".
Ivana sintió que su madre seguía tratándola como a una niña y, apresuradamente, agarró ambas bolsas.
Al abrir la puerta, el chofer que estaba esperando afuera se dio cuenta de que traían muchas cosas y corrió a ayudarlas a cargar todo.
Mariana se llevó un pequeño susto: "¡Ay, Dios mío! ¿Y esto?".
¡Ni la propia Ivana se esperaba que Luis estuviera esperándola parado justo en la puerta!

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