Al no haber tomado su medicamento para el estómago, Ivana se sintió mucho más despierta mientras estudiaba por la noche, e incluso durmió mejor.
Al día siguiente, después de desayunar, se conectó puntualmente a su primera clase en línea, pero, extrañamente, no lograba concentrarse.
En cuanto terminó la clase, tomó los documentos que ya tenía preparados. Como temía llegar tarde, pidió un taxi para ir al registro civil.
Al llegar, le envió un mensaje a Nelson preguntándole si ya había salido y a qué hora llegaría. Pero él no respondía. Le envió varios mensajes más.
Esperó hasta el mediodía, cuando el personal del registro civil ya había salido a comer, pero él nunca apareció.
Sin más opción, Ivana intentó llamar a Nelson de nuevo, pero no contestó.
Entonces, llamó al hospital.
—Hola, ¿hablo con el doctor Joel? —Ivana reconoció la voz del asistente de Nelson—. Tenía una cita con Nelson, pero no ha llegado. ¿Podrías ayudarme a localizarlo, por favor?
—¿Buscas al doctor Zavala? ¡Todavía está en una cirugía! Fue una emergencia, no puede salir.
Aunque a Ivana le molestaba que Nelson la plantara, entendía que su trabajo era especial y no le quedó más que ser comprensiva.
—Está bien, ¿a qué hora crees que termine la cirugía?
Al otro lado de la línea, Joel se pasó la mano por la frente, tragándose los nervios. Miró de reojo al hombre a su lado, que seguía revisando un expediente como si no hubiera escuchado nada, y continuó, armándose de valor:
—Eh… la verdad es que el doctor Zavala ha estado muy ocupado estos días. Justo coincidió con una inspección de los directivos de la ciudad, así que no ha podido escaparse.
El doctor Zavala, a quien se refería, seguía con la vista fija en los expedientes, con el rostro impasible, pero con los labios apretados en una línea tan recta que casi no se distinguía su forma.
Joel tragó saliva.
—¡Ay, me está llamando una enfermera! Te dejo, ¡tengo que colgar!
*Bip, bip, bip...* Del otro lado solo se escuchó el tono de línea ocupada.
Ivana llegó primero al hospital, pero cuando preguntó en recepción, descubrió que Nelson no tenía ninguna cirugía de emergencia ese día.
Se quedó sin palabras por el coraje. Fue directamente a la oficina de Nelson y tocó la puerta durante un buen rato, pero nadie respondió.
Temiendo que la hubieran engañado de nuevo, siguió insistiendo.
Intentó varias veces con el código de la cerradura, incluyendo el cumpleaños de Nelson y el de Petrona, pero ninguno funcionó. Finalmente, en un acto de total falta de autoconciencia, probó con su propio cumpleaños, que tampoco funcionó. Enojada, le dio una patada a la puerta.
El ruido atrajo a la enfermera de turno.
—Ah, eres tú. ¿No te sabes la contraseña de la puerta del doctor Zavala?
La pregunta tenía sentido; después de todo, eran marido y mujer.
Ivana, algo avergonzada, se excusó con evasivas: —Supongo que no está. Ya me voy.

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