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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 391

—¡Vaya, vaya! —Una cabeza se asomó de repente por la puerta de la oficina—. ¿Qué es lo que acabo de escuchar? ¿Acaso alguien aquí está abusando de su autoridad?

Gilda Mayén apareció, parpadeando con esos enormes y expresivos ojos suyos.

Ivana la miró, sorprendida. ¿Qué hacía ella aquí?

El Director Lázaro, por supuesto, reconoció de inmediato a la Srta. Mayén. Se compuso un poco, pero no parecía demasiado preocupado.

A fin de cuentas, Silverio era Silverio, y Gilda era Gilda.

Solo era una niñata universitaria que jamás se inmiscuía en los asuntos de AlfaDesarrollo.

Además, el Director Lázaro era un veterano en la empresa; ¡la primera vez que vio a Gilda, la niña todavía estaba en la primaria!

Inevitablemente, adoptó un tono de superioridad paternal: —Gilda, sé perfectamente que eres la hermana menor del Sr. Mayén, pero esto es una empresa. ¡La oficina no es un patio de recreo por el que puedas pasearte a tu antojo!

A Gilda no le importó en lo absoluto. Empujó la puerta con total descaro y entró.

Sin siquiera dignarse a saludar al Director Lázaro, entrelazó su brazo con el de Ivana y empezó a caminar hacia la salida, vociferando mientras avanzaba:

—¡Increíble! Vengo a la empresa de mi propia familia a buscar a alguien y resulta que me echan. Ay, Ivana, ¡qué injusticia tan grande estoy sufriendo! ¡Apenas llegue a casa le voy a contar todo a mi hermano!

—Por cierto, escuché que mencionaban a una tal Lucía. ¿Qué pasa con ella? ¡Ah, ya me acordé! ¿No es esa la famosa sobrinita del Director Lázaro?

Dicho esto, se tapó la boca de forma dramática, como si acabara de revelar un secreto de Estado. —¡Uy, qué tonta! ¡Cómo se me escapó! ¿No me irán a desaparecer por esto, verdad?

Su voz resonó con fuerza. Como la oficina tenía un diseño de espacio abierto, todos voltearon a mirar de inmediato, con expresiones muy variadas.

Lucía se puso roja hasta las orejas de la vergüenza. Se levantó de un salto y tartamudeó: —¡Srta. Mayén, no es lo que usted piensa!

Al fin y al cabo, Gilda era la hermana del Sr. Mayén, ¡y Lucía quería caerle bien!

Gilda se detuvo y miró a la mujer que acababa de plantarse frente a ella. La examinó de arriba a abajo y clavó la vista directamente en su nariz.

—Oye, amiga, ¡creo que tienes la nariz chueca!

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