Después de que Nelson se fue, Doña Daniela no dejó de masajearse las sienes. Su furia no se había disipado; hasta sus hombros temblaban levemente.
No entendía qué brujería había usado esa Ivana para lavarle el cerebro a su nieto, ¡para que aun después de todo el escándalo, siguiera defendiéndola a capa y espada!
Doña Daniela cruzó una mirada con la mujer madura que había permanecido en silencio a su lado.
La mujer vestía una blusa discreta de seda negra con cuello alto, y llevaba el cabello recogido en un moño bajo, liso y brillante.
Hortensia era el ama de llaves de Doña Daniela. Había estado a su servicio desde que era una adolescente y, con solo un cruce de miradas, entendía a la perfección sus intenciones.
—¡Hay que darle una lección a Ivana para que aprenda cuál es su lugar! —murmuró Doña Daniela en voz muy baja, pero con un filo implacable—. Si no le damos un escarmiento ahora a esta mujer sin educación, ¡después se va a creer intocable!
Hortensia entendía el deseo de la anciana, pero dudó por un momento.
—¿Está completamente segura, señora? Me temo que el joven Nelson no lo tomará nada bien.
—¿Y a mí qué me importa si le gusta o no? —replicó Doña Daniela, con la indignación a flor de piel—. ¡Lo hago para limpiar el honor de la familia Zavala! Además, será solo un pequeño susto. ¡Mínimo, esa muchachita tiene que entender que no es indispensable en nuestra familia!
Sin más que añadir, Hortensia asintió con la cabeza.
Por otro lado, Yadira, tras alejarse de la mesa principal, se dedicó a pasear por el salón de banquetes.
Los asistentes eran la crema y nata de la sociedad, por lo que debía aprovechar la oportunidad para entablar contactos.
Sin embargo, el centro de atención de la noche era Petrona, y todas las conversaciones terminaban girando irremediablemente en torno a ella.
Yadira quería acercarse a saludarla, pero no tenía el valor.
No sabía por qué, pero cada vez que se topaba con los ojos afilados de Petrona, sentía un temor instintivo, como si esa mirada pudiera desnudar hasta sus pensamientos más ocultos.
Tenía la confianza para adular a la anciana de los Zavala, pero frente a Petrona, se sentía paralizada.
Y no era para menos: había sido una simple frase de Petrona la que arruinó su matrimonio con Nelson en el pasado.
Eso demostraba el enorme peso de sus palabras en la familia y el inmenso respeto que Nelson le tenía.

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