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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 402

Yadira se llevó con delicadeza un mechón de cabello detrás de la oreja, manteniendo una leve sonrisa en el rostro.

—Hermana, no te habrás enojado, ¿verdad?

—Para nada —respondió Ivana—. Pero si ustedes tienen una relación tan cercana, ¿por qué no trajiste a tu mamá a la fiesta hoy?

La sonrisa de Yadira se desvaneció un poco.

—Mi mamá ha estado muy ocupada estos dos días, por eso no tuvo tiempo.

—¿Ah, sí? Pensé que tal vez fue porque a la familia Zavala le daba vergüenza su estatus de la amante y decidieron no invitarlas. Al fin y al cabo, a ellos les importa mucho el qué dirán.

—Y en especial a la profesora Petrona, detesta a la gente como ustedes; ¡ni siquiera se sentaría a comer en la misma mesa por miedo a que se le pegue la mala suerte!

—Así que me temo que tú y tu mamá tendrán que aguantarse otro rato. ¡Solo tendrán derecho a aparecer en público cuando Nelson y yo finalmente firmemos los papeles del divorcio!

Ivana habló con una sonrisa y, justo en ese momento, alguien la llamó. Se despidió de Yadira con un gesto de la mano y se alejó.

El rostro de Yadira se descompuso en diferentes matices. Cuando vio que Ivana ya estaba lejos, soltó una risa burlona.

—No te quedará mucho tiempo para creerte superior. A ver si sobrevives el día de hoy.

Como Ivana se había topado con varios académicos que admiraba, se quedó charlando más de la cuenta y perdió la noción del tiempo.

Cuando por fin se dio cuenta, había estado de pie casi dos horas y las piernas le pesaban.

Se dirigió hacia la periferia del salón y, al ver una mesa vacía en un rincón, se sentó de inmediato.

Su plan inicial era solo descansar un rato, pero una ola de sueño la invadió y no pudo evitar suspirar.

Ese era el maldito efecto secundario de los medicamentos para el estómago: ¡siempre le daban muchísima somnolencia!

Intentó con todas sus fuerzas mantener los ojos abiertos, pero sus párpados pesaban como plomo y, al final, no pudo evitar que la consciencia se le nublara.

Apoyó la cabeza en una de sus manos, descansando el codo sobre la fría mesa, decidida a tomar una pequeña siesta.

En ese momento, Nelson caminaba entre la multitud con su copa en la mano, sintiendo que los músculos de su rostro estaban entumecidos de tanto fingir sonrisas.

Para alguien como él, que de por sí era de pocas palabras, este tipo de eventos resultaban ser un castigo.

A veces, de diez personas con las que hablaba, ocho le hacían las mismas preguntas, y él terminaba repitiendo respuestas automáticas como un disco rayado.

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