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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 43

Ivana salió del hospital a trompicones, abrazando los jirones de tela. Al ver el tráfico, le hizo una seña a un taxi para que se detuviera.

Pero cuando el conductor le preguntó a dónde iba, se quedó sin palabras.

—Necesito que me arreglen una prenda… una gabardina.

Sin embargo, en estos tiempos, a diferencia de antes, la mayoría de la gente dona su ropa mucho antes de que se desgaste.

Cada vez es más difícil encontrar a alguien que todavía haga arreglos de ropa bien hechos. Ivana lo pensó un momento.

—Primero lléveme al centro comercial.

Recordaba que allí había algunas tiendas de vestidos hechos a mano a medida. Sus costureros debían de ser buenos.

El chofer la vio deshecha en llanto y mejor no preguntó nada; solo aceleró.

Al llegar al centro comercial, Ivana subió directamente al sexto piso y encontró al encargado de una de las tiendas.

—Señorita, la tela de esta prenda ha perdido toda su elasticidad. Si fuera solo un rasgón, podríamos intentar arreglarlo, pero esto está hecho pedazos. Está en un estado lamentable, es imposible de reparar.

Al escuchar eso, Ivana sintió que el mundo se le venía encima, pero aun así, insistió:

—¿Podría intentar encontrar una solución? ¡Puedo pagarle más!

El encargado frunció el ceño y palpó la tela; parecía de una marca cara.

—Nosotros también podemos hacer este tipo de gabardina. ¿Por qué no echa un vistazo a nuestros modelos? Quizás encuentre algo que le guste. Al fin y al cabo, solo es una prenda, lo viejo da paso a lo nuevo.

«Solo es una prenda…»

Ivana no le hizo más caso. Dobló los trozos de tela con cuidado y fue a preguntar a otra tienda.

Pero después de recorrer varias, la respuesta fue prácticamente la misma.

Cuando Ivana salió del centro comercial, aturdida, el sol del atardecer ya teñía la calle con sus últimos rayos.

Quizás estaba estorbando en el paso, porque alguien la empujó.

Se hizo bolita en un rincón, apretando la prenda contra el pecho, como si por dentro se le hubiera venido todo abajo.

Sus manos temblaban tanto que, al abrir el frasco, las pastillas se le cayeron y esparcieron por el suelo.

Dio un traspié, intentando recogerlas, pero la gabardina se deslizó de su bolsillo.

Instintivamente, la protegió, temiendo que la ropa ya destrozada se manchara aún más.

Logró salvar la ropa, pero ella terminó cayendo sentada en el suelo.

Ivana se miró las manos. ¿Cómo podía haberse vuelto tan frágil que ni siquiera podía permitirse el lujo de llorar a lágrima viva?

—¡¡Ah!!

La gente a su alrededor la miró de reojo, pero enseguida se apartaron aún más, probablemente pensando que esa mujer no estaba bien de la cabeza.

De pronto alguien se plantó frente a ella.

—¿Es para tanto? ¡Ponerte así solo por una prenda!

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