Al día siguiente.
Yadira se presentó en la mansión con regalos, bajo la excusa de ir a «visitar» a la enferma y asustada Ivana.
Fue Leandra quien le abrió la puerta.
—Hola, soy amiga de Nelson. Vengo a ver a Ivana. ¿Cómo sigue de salud?
En la sala, Ivana seguía inmersa en su lucha con las placas de circuito, rodeada de herramientas y planos.
Aunque tenía el ceño fruncido, su aspecto había mejorado. Era evidente que se estaba recuperando.
—Hermana, ¿cómo van tus heridas? —exclamó Yadira—. ¿Por qué sigues trabajando? ¿No deberías estar descansando?
Al escucharla, Ivana le lanzó una mirada gélida. Sin molestarse siquiera en saludarla, volvió a bajar la cabeza para continuar con su trabajo.
Yadira no se ofendió, o al menos fingió no hacerlo. Se tapó la boca en un gesto exagerado de sorpresa.
—¡Qué aplicada eres, hermana! ¿Te estás preparando para alguna competencia de drones? Pero debes cuidarte, si te exiges de más, ¡a Nelson se le va a romper el corazón!
Mientras hablaba, sus ojos escrutaban las heridas en el rostro y las muñecas de Ivana, ocultando un destello de maliciosa satisfacción.
Los dedos de Ivana se detuvieron levemente sobre el control remoto. Su voz sonó ronca y distante:
—Nelson no está. Si no tienes nada más que hacer, puedes irte. ¡Guárdate tu hipocresía!
La sonrisa de Yadira no flaqueó.
—¡No seas así! ¡Esta vez vine de corazón a verte!
Ivana estaba a punto de llamar a Leandra para que la echara, cuando su rostro palideció de golpe. Se tapó la boca y se levantó de un salto. Sin tiempo para decir nada más, corrió desesperada hacia el baño.
—¡Ugh!
De inmediato, desde el baño se empezaron a escuchar las arcadas.
Yadira se quedó de pie, sorprendida, y sus ojos se llenaron de sospecha.
Por supuesto que sabía que Ivana tenía problemas estomacales; esas eran las secuelas de haber recibido una puñalada por salvar a Nelson en el pasado.

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