Silverio se quedó de pie en su sitio, frotándose la muñeca entumecida. Su mirada tranquila pasó por los guardaespaldas y, finalmente, se detuvo en Nelson.
La tensión en la habitación era asfixiante; la mirada de Nelson parecía lista para devorarlo vivo.
Silverio estuvo a punto de soltar una explicación, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Ladeó un poco la cabeza, miró a Ivana, que seguía dormida en la cama, y de manera casi inconsciente, se tocó los labios con los que la acababa de besar.
La ligera sensación de culpa que tenía se esfumó de golpe.
Ya los habían descubierto, ¿y qué?
—Nelson Zavala, ya lo viste. Fui yo quien la besó, ¡ella no tiene nada que ver!
Mientras hablaba, Silverio se ajustó la corbata desacomodada y encaró la furia de Nelson sin pestañear.
—Admito que me pasé de la raya, ¡pero no me arrepiento de lo que hice!
Nelson tembló de ira. Con los ojos inyectados en sangre, espetó con frialdad:
—¡A ver, repítelo!
La voz de Silverio no se alteró, pero pronunció cada palabra con letal claridad:
—Creo que fui muy claro. ¡Estoy enamorado de Ivana!
Nelson soltó una carcajada amarga, descubriendo por primera vez hasta qué punto alguien podía ser tan cínico.
—¡Es mi esposa!
Contra todo pronóstico, Silverio sonrió con desdén y dejó de lado cualquier rastro de cortesía.
—Tú, Zavala, te llenas la boca diciendo que es tu esposa, pero mírala cómo está...
Señaló la cicatriz en la muñeca de Ivana, esa herida de años atrás que aún causaba escozor con solo verla.
—¿Te casaste con ella para obligarla a vivir así?
Silverio dio un paso al frente, mirándolo de hito en hito, firme y sin rodeos.
—Si no sabes valorarla, ¿por qué no dejas que otro hombre la haga feliz? Y te aseguro que yo la entiendo y la cuidaré mil veces mejor que tú. ¡Deberías hacerte a un lado!
¡Aquello fue una provocación abierta!

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