Nelson se quedó en silencio.
—¿Y... cuánto tiempo más habría que esperar? —preguntó en voz baja.
—Mínimo un año de cuidados rigurosos. —Gonzalo meditó sus palabras un momento—. En este año, su estómago tiene que sanar por completo. Una vez que todos sus análisis arrojen valores óptimos, recién ahí podrán hablar de un embarazo.
—¡Un año! —murmuró Nelson. Era evidente la decepción en su voz.
Un año era demasiado tiempo; podían ocurrir tantas cosas.
No sabía si podría aguantar tanto, pero lo que más le aterraba era no saber si para entonces Ivana seguiría...
Nelson dejó escapar un profundo suspiro, se recargó en el respaldo de la silla y guardó silencio.
El tiempo pasó volando. Acompañó al profe Gonzalo durante el almuerzo y charlaron un rato sobre cosas cotidianas, aunque no paraba de mirar su reloj.
—Nelson, ¿por qué no ha llegado Ivana?
Manteniendo la misma expresión de siempre, Nelson se levantó. —Debe estar por llegar, ¡iré a echar un vistazo!
—Muy bien. Cuando llegue, dile que me busque directo en mi consultorio —asintió Gonzalo.
Nelson salió de la oficina y, al acercarse a una ventana, sacó su teléfono y marcó aquel número tan familiar.
Todo lo que escuchó fue el eterno e interminable tono de espera.
Rehusándose a rendirse, marcó de nuevo.
Nadie contestó.
Sin más opciones, tuvo que marcar el número de Lionel.
«Lo sentimos, el número que usted marcó no está disponible. Por favor intente más tarde...»
Esta vez, el rostro de Nelson palideció de golpe.
Que Ivana no contestara sus llamadas era normal, pero el teléfono de Lionel estaba encendido las veinticuatro horas del día, nunca lo apagaba.
Le envió un mensaje, pero pasaron varios minutos sin recibir respuesta.
Ivana... ¿Se habría escapado otra vez?
A Nelson le dio un vuelco el corazón. Un sudor frío comenzó a recorrer su espalda.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué esa cara?
Preguntó Gonzalo, quien había salido sin que él se diera cuenta. Al ver el sombrío semblante de Nelson, sintió preocupación.

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