—Sr. Zavala, en este momento solo podemos recurrir al tratamiento más conservador. Lo principal es identificar la composición exacta de la sustancia que la dejó en este estado. ¡Solo así podremos darle un tratamiento eficaz!
—Los medicamentos que trajo ya se están analizando con urgencia. En cuanto a ella... por ahora solo queda resistir; todo depende de la voluntad de la paciente.
Nelson miró la mancha de sangre en su hombro, sintiéndose completamente inútil.
¡Solo podía culparse a sí mismo! Si se hubiera dado cuenta antes, ¡Ivana no estaría pasando por semejante calvario!
¿Pero qué demonios había estado tomando?
Los dos días siguientes fueron el infierno en la tierra para Nelson.
No se despegó ni un milímetro de la cama de la sala de cuidados especiales. Lo único que podía hacer era ver cómo ataban a la mujer que amaba como si fuera un animal peligroso.
Para evitar que se hiciera daño o que se arrancara las vías intravenosas, las enfermeras no tenían otra opción que mantenerla inmovilizada de pies y manos.
Cuando se dormía, Nelson aprovechaba para aflojar un poco las correas en secreto y dejarla descansar.
Pero cada vez que abría los ojos, ¡una avalancha de agonía la arrastraba de nuevo!
—¡Me duele! ¡Me duele mucho! ¡Mátenme de una vez!
Ivana lloraba y gritaba, mientras su consciencia iba y venía en medio de esa tortura.
Nelson tenía que alimentarla e hidratarla constantemente para evitar que su cuerpo terminara por colapsar de pura debilidad.
Pero en cuanto le quitaba las ataduras, ella se ponía como fiera; tiraba golpes al aire y destrozaba todo a su alcance.
A eso se le sumaban los intensos mareos y las náuseas, por lo que casi todo lo que comía lo terminaba vomitando.
Nelson tenía que sujetarle la cabeza con cuidado, aterrorizado de que pudiera atragantarse y bloquear sus vías respiratorias.
—¡No quiero comida! ¡Quiero pastillas! ¡Denme los analgésicos!
Cada vez que despertaba, lo miraba con los ojos inyectados en sangre, como si fuera su peor enemigo.

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