—¡Maldito desgraciado! ¡Qué pésima suerte tuve al conocer a una basura como tú!
—¡Me duele demasiado, Nelson, por lo que más quieras, ayúdame!
—¡Eres un perro miserable! ¡Por tu culpa estoy en este estado! ¡Ni siquiera te importo! ¡Ojalá te mueras!
—¡Lárgate! ¡Aléjate de mí! ¡Con solo verte me dan ganas de matarte!
Las maldiciones salían de su boca como cuchillos afilados que destrozaban el alma de quien las escuchaba.
Nelson permanecía en silencio, recibiendo cada golpe.
Lo soportaba.
Había momentos en los que incluso dudaba si, aprovechando su estado de locura, Ivana por fin estaba escupiendo lo que en verdad sentía por él.
Pero si insultarlo le daba aunque sea un instante de alivio y le permitía sacar su sufrimiento, él estaba más que dispuesto a ser su saco de boxeo.
A pesar de que las correas de la cama eran acolchadas, Ivana se retorcía con tal violencia que se había desollado las muñecas hasta sangrar.
Y como Nelson no podía soltarla, solo podía conseguir tiras de la tela más suave, aflojar una pequeña esquina de la correa con extremo cuidado, y vendarle las heridas.
Además, ordenó forrar los costados de la cama con una montaña de almohadas y cobijas gruesas, solo para asegurarse de que, en su próximo ataque de histeria, no terminara rompiéndose un hueso.
¿Cuándo terminaría este calvario?
Y en el transcurso de esos dos días infernales, el mundo exterior también había sufrido un cambio drástico.
Fue como si una mano invisible hubiera borrado de un plumazo todos los artículos amarillistas que inundaban internet.
Hashtags que antes eran tendencia, como #LaEsposaDeZavalaEsUnaVibora, #LaBodaDeHaceAños y #LaSeñoraZavalaSeráEchadaPorEscandalosa, aparecieron de pronto inhabilitados.
Tanto los largos artículos pagados de los blogs de chismes como las exclusivas de los supuestos influencers, todo desapareció sin dejar rastro.
En el mundo digital, lo único que quedaba sobre Ivana era la noticia de que había ganado un concurso de drones hace poco.
Pero eso era apenas la superficie.
La verdadera tormenta silenciosa se desató en los círculos de la alta sociedad.
Nelson no se había dejado ver en público; simplemente había arremetido contra la empresa de la familia Noyola.

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