Era un favor entre amigas, podía devolvérselo cuando lo tuviera. Incluso bromeó diciendo que la mantendría.
Pero Ivana se negó rotundamente.
En este mundo, si no podía confiar ni en sus propios padres ni en su esposo, ¡jamás volvería a poner sus esperanzas en nadie más!
***
La noche estaba pesada y los neones pintaban la ciudad de rojo. Ese día, estaba a cargo de las bebidas del tercer piso. El gerente le dijo que los clientes de un privado esperaban que fuera a rellenar sus copas.
Ivana asintió y, antes de empujar la puerta, esbozó su sonrisa profesional habitual.
—¿Y la mesera? ¿Por qué no ha llegado?
La puerta se abrió de golpe desde adentro. La persona que la abrió se detuvo en seco y, al verla, exclamó:
—¿Ivana?
A causa de esa exclamación, el bullicio de risas y bebidas en la sala se detuvo, y todas las miradas se dirigieron hacia la puerta.
Nelson estaba sentado en el fondo, recargado holgadamente en el respaldo del sofá. La luz iluminaba su rostro frío, dándole un brillo dorado, y su mirada atravesó a la persona en la puerta para posarse en Ivana.
A Ivana se le apretó el pecho, casi todos los de esa sala eran los niños ricos de siempre, de su mismo círculo. ¿Por qué no estaban en el piso de arriba?
Yadira también estaba allí, sentada junto a Nelson, con un vestido de corte exquisito. Al ver a Ivana, las comisuras de sus labios se elevaron ligeramente, y una pizca de desprecio apenas perceptible cruzó su mirada.
—Mira nada más… pensé que estaba viendo mal. ¿Desde cuándo te volviste mesera?
No se supo quién fue el primero en soltar la burla, pero la voz fue aguda y estridente.
A Ivana se le tensaron los dedos, pero se obligó a esbozar una sonrisa impenetrable.
—Buenas noches, señor. ¿Desea ordenar una bebida?
—¡No seas tan formal! —dijo Federico con una risa burlona, pero miró de reojo a Nelson.
Nadie en esa sala respetaba a Ivana, pero como seguía siendo, nominalmente, la esposa de Nelson, la actitud de la mayoría dependía de él.



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