Al decir eso, se agachó para tomar su maleta.
Pero cuando vio que detrás de Mariana entraba un hombre, se quedó congelada en su sitio.
El hombre parecía tener poco más de cuarenta años, llevaba el cabello perfectamente peinado y tenía un aire culto y distinguido.
—Mamá, ¿quién es él?
La mirada de Ivana iba de su madre al desconocido, llena de confusión y de cierta cautela.
Desde el momento en que cruzaron la puerta, notó que había una confianza inusual entre ellos. Él cargaba el bolso de su madre con total naturalidad, revelando una complicidad obvia.
Mariana estaba concentrada revisando los reportes médicos y no notó la reacción de su hija. Señaló al hombre para presentarlo.
—Ah, él es Horacio, Horacio Yates.
Ivana se apresuró a saludar por cortesía.
—Hola, señor Horacio.
Horacio esbozó una sonrisa amable y cálida.
—Ha pasado tiempo, Ivana. Tu madre me contó en casa que perdiste la memoria, ¿es verdad? Se siente un poco extraño que no me recuerdes.
Su voz era profunda y transmitía mucha seguridad. Hablaba como si tuviera años de conocer a Ivana.
Pero para ella, ese hombre era un completo extraño.
¿Señor Horacio?
«¿En qué momento mi mamá conoció a este 'señor Horacio'?»
Y además, su madre parecía increíblemente relajada e informal estando a su lado.
Incluso le tomó ligeramente el brazo, señaló la pesada maleta de Ivana y le pidió con mucha naturalidad:
—Llévate la maleta grande primero y saca el auto a la entrada. Nosotras bajaremos en cuanto terminemos de empacar lo que falta.
Horacio asintió sin dudar y obedeció de inmediato.

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