Parecía ser el heredero del Grupo Sánchez.
El hombre agitó su copa vacía y luego hizo una seña hacia atrás.
Ivana, con la experiencia de tanto tiempo como mesera, entendió de inmediato y se acercó con destreza para servirle.
Justo cuando iba a retirarse, el hombre la detuvo.
Cruzado de piernas y recostado en el sofá de cuero, le dijo:
—Dijiste que necesitabas dinero, ¿no? ¡Qué coincidencia, hoy traigo un montón de efectivo!
Sacó varios fajos de billetes de su maletín, arrojó cinco sobre la mesa y, arrastrando las palabras deliberadamente, le dijo a Ivana:
—Si te bebes esta copa de vino, el dinero es tuyo.
Ivana apretó los dientes y respondió en voz baja:
—Señor, aquí no se nos permite aceptar propinas.
—¿Te parece poco?
El tono del hombre se volvió gélido de repente. Sacó varios fajos más, se levantó lentamente, se acercó a ella y, en lugar de enfrentarla, ¡agarró a la mesera que estaba a su lado! Luego, con un estruendo, le arrojó los fajos de billetes encima.
—¡Si ella no bebe, bebes tú! Si te acabas el vino de esta copa, todo este dinero es tuyo. De lo contrario, ¡llamaré al gerente para que te despida!
La otra mesera tembló de miedo, con el rostro pálido, pero no se atrevió a decir nada, quedándose allí sin saber qué hacer.
—¡Apúrate y bebe! —la urgió el hombre.
Ivana sabía que su colega estaba en esa situación por su culpa y no pudo evitar intervenir.
—¡Oigan, no se pasen!
—¡Vaya, vaya! —El hombre la miró con frialdad—. ¿Quieres defenderla? ¡Pues entonces bebe por ella!
Alguien se le vino encima y de un manotazo le arrancó la copa de la mano.
Los ojos de Nelson estaban inyectados en sangre. La miró con incredulidad, con una furia en la mirada que parecía querer estrangularla.
Al instante siguiente, la agarró por la muñeca y salió del privado a grandes zancadas.
—¿Te dicen “bebe” y tú vas y obedeces?
Su voz era rasposa al decir esto, y la fuerza con la que la sujetaba aumentó involuntariamente.
A Ivana le dolió y trató de soltarse.
Llegaron a un privado vacío. Nelson empujó la puerta con fuerza y la metió a jalones.
Nelson traía una cara de tormenta. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Cuando vio que Ivana, instintivamente, mantenía la distancia, se le fue encima, la jaló hacia él y la sostuvo firme, como si se le estuviera deshaciendo entre las manos; cuando habló, la voz le salió ronca, atorada:
—¡Estás ciega! ¡No viste que estaba a tu lado! ¡No pudiste…!

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