Ivana negó con la cabeza.
—No, para nada. Además, no tengo pruebas contundentes, es solo una suposición.
La expresión de Clarisa se relajó un poco.
—Entonces, por ahora no es tan grave. Pero acuérdate de esto, Ivana: aunque resultara ser su hijo, no lo saques a la mesa. Ni pleito, ni indirectas. Entre menos lo menciones, mejor. De lo contrario, cuando dividan los bienes, ¡ese niño también tendrá derecho a una parte!
Sin embargo, Ivana negó con la cabeza.
—Solo quiero irme sin nada, no me interesa su dinero. Después de todo, no he trabajado en estos años; nada de lo que hay en casa lo gané yo.
En esos cuatro años, Nelson nunca la había descuidado en lo económico. Una empleada doméstica se encargaba de las tareas del hogar.
Cuando la salud de su madre empeoró en los últimos dos años, fue Nelson quien encontró al mejor equipo del país para diseñar un plan de tratamiento específico para ella.
Y durante su propia hospitalización, Nelson incluso renunció a su trabajo para cuidarla prácticamente día y noche.
En cuanto a ella, se sentía como un ama de casa inútil.
Esta vez, Clarisa no estuvo de acuerdo con sus palabras.
—Amiga, mi trabajo es ayudarte a recuperar el control en medio de este caos. Según mi experiencia, casos como el tuyo no son raros.
»La razón por la que quieres irte sin nada es, en gran medida, para acelerar el divorcio, para salir cuanto antes de esta relación tóxica.
»Pero al hacerlo, la única que pierde eres tú. La mitad de los bienes matrimoniales te corresponde por ley. Si no la quieres, ¿acaso prefieres dejársela a su amante? ¿O a su hijo ilegítimo?
Ivana lo meditó un momento.
No podía negar que la primera parte de lo que dijo Clarisa era cierta: ¡lo único que quería era divorciarse ya!
Además, la palabra «hijo ilegítimo» era un tema muy sensible para ella. De inmediato, recordó la escena en que Yadira y su madre aparecieron para exigir su parte de la herencia.
Había mentado la madre mil veces por una ley que, en su cabeza, solo protegía al que hacía daño. ¡Entre más lo pensaba, más coraje le daba!
Ivana simplemente le envió un sticker de «OK». ¡Perfecto!
La tienda de artículos de lujo de segunda mano también la contactó para informarle que la pulsera finalmente se había vendido. Después de deducir su comisión, le transfirieron el resto del dinero a su cuenta.
Ivana contó los ceros y se quedó en shock. El empleado le explicó que, al parecer, era una pieza de un diseñador famoso, una edición limitada a nivel mundial, por lo que incluso de segunda mano valía una fortuna.
Ivana se quedó boquiabierta. Era evidente que ella y Nelson nunca habían pertenecido al mismo mundo.
Pero con ese dinero, ahora tenía un respaldo.
Justo se acercaba el día de pago, el 10 del mes. En cuanto recibiera su sueldo, ¡podría renunciar a su trabajo en Onda Baja!
Por la noche, Clarisa le envió el borrador del acuerdo.
Ivana lo revisó y le pareció muy detallado. Incluso la felicitó por su eficiencia.
—Ivana, mándame la dirección del trabajo de Nelson. ¡Yo me encargaré de hablar con él de ahora en adelante!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado