Calle de San Rafael, Centro Médico Zavala.
La agenda de Nelson había estado repleta los últimos días, incluyendo cirugías pospuestas, varias juntas médicas y una gala anual de salud.
En años anteriores, siempre se negaba a participar en eventos de este tipo, pero este año cooperó activamente con la televisión y el Centro de Control de Enfermedades, participando en demostraciones de primeros auxilios y sesiones de preguntas y respuestas.
Era un hombre atractivo, con cejas bien definidas y una mirada penetrante. Un simple par de lentes con armazón dorado le confería un aire de elegancia y distancia.
No era de muchas palabras y, cada vez que miraba a la cámara, sus ojos, detrás de los cristales, revelaban una sutil indiferencia.
Aunque provenía de una familia adinerada, no tenía ni un ápice de ostentación. Con la bata blanca y esa calma distante, daba esa impresión de hombre intocable: puro profesionalismo y cero show.
En cuanto salió el programa, la audiencia se levantó y las redes se llenaron de comentarios; la gente contaba lo que ya estaba haciendo para cuidarse.
Para dedicarse por completo a su trabajo, llevaba varios días seguidos durmiendo en la sala de descanso del hospital.
No solo eso, sino que incluso, por primera vez en mucho tiempo, regresó a las oficinas del Grupo Zavala.
Esto causó un gran revuelo; todos especulaban si Nelson finalmente se decidiría a tomar las riendas de la empresa.
Al volver a la compañía, ayudó a gestionar un nuevo medicamento importado: el analgésico SaludLab.
«¿Otra vez este medicamento?», pensó.
Nelson recordaba bastante bien ese fármaco, especialmente al representante que lo promocionaba, un tal Draco.
Esta vez, revisó la lista de ingredientes y las certificaciones correspondientes con sumo cuidado, y rechazó categóricamente la comercialización del medicamento.
Incluso redactó un informe meticuloso, exponiendo claramente las razones de su negativa.
La joven secretaria que recibió el informe no pudo evitar admirar su caligrafía. Escribía con una letra hermosa, algo inusual, ya que la mayoría de los médicos tenían una letra ilegible.
Sin embargo, había oído que Doña Daniela era una pintora famosa de gran cultura. Era normal que Nelson, habiendo crecido a su lado, tuviera una buena caligrafía.
Aunque estuviera hasta el cuello, Nelson era de rutinas bien marcadas.
Dormía temprano, se levantaba con disciplina y el resto del día lo tenía medido al milímetro, como si el control fuera su manera de no pensar.

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