Frida, que estaba parada junto a Betina, alcanzó a escuchar a Mateo y sugirió:
—Si quiere, que vaya directo a la casa. De todos modos ya vamos para allá.
Simón coincidió:
—Sí, dile que vaya a la casa. Así comemos todos juntos.
Betina rodó los ojos internamente, pero no tuvo opción más que decirle a Mateo que fuera a la mansión Reyes.
Mateo se puso feliz y aceptó de inmediato.
Al colgar, Betina apretó los dientes.
En cuanto Almendra desapareciera de su vista, dejaría de fingir amabilidad con Mateo.
***
Por su parte, Mateo colgó el teléfono y corrió a su habitación a arreglarse.
Cada vez que iba a ver a Betina, se producía como si fuera a una gala. Aunque ella casi nunca le prestaba atención ni le decía que se veía guapo, él sentía la necesidad de mostrar su mejor versión ante ella.
En la sala, su hermana Zulema Pizarro estaba sentada junto a su madre, Amparo. Al ver el alboroto, Zulema pensó que su hermano era un caso perdido.
Betina ni siquiera quería verlo, y él ahí iba, rogando atención.
—Mamá, Mateo está obsesionado con esa tal Betina. ¿De verdad no le vas a decir nada?
Zulema no estaba en contra de que Mateo tuviera novia, pero esa chica no lo quería de verdad. Para ella, era evidente que Betina solo usaba a su hermano de mientras, como respaldo, en lo que le salía algo mejor. Por eso no la soportaba.
Amparo suspiró con resignación:
—Lleva años enamorado de la señorita de la familia Reyes. Tú lo sabes mejor que nadie. Ahora que por fin se le hizo, pues que lo disfrute. Déjalo ser.
Zulema miró al techo, exasperada.
—¡Pero es que ella no lo quiere! ¡Lo tiene de repuesto! ¿No entiendes?
Todavía recordaba la vez del centro comercial. Su hermano le compró joyas por valor de dieciséis millones de un solo golpe, y encima pagó precio completo estando ella ahí. Todo porque esa mujer caprichosa quería mantener las apariencias. ¡Quién sabe cuánto dinero más le sacaría a su hermano, el muy tonto!
La familia Pizarro, aunque no era tan rica como los Reyes, tenía su estatus en La Concordia.
A lo largo de los años, muchas chicas de buena familia habían intentado ganarse a Amparo para ser sus nueras, pero Mateo las rechazaba a todas. Solo tenía ojos para Betina.
¿Qué podía hacer ella?
Ahora que el compromiso entre la hija de los Reyes y Fabián Ortega se había roto, era el turno de su hijo. Mateo estaba desesperado por aprovechar la oportunidad, y ella no podía detenerlo.
—¡Está bien! —exclamó Zulema, harta—. ¡Si tienes dinero de sobra, deja que tu hijo lo despilfarre!
Esa Betina no era ninguna perita en dulce.
Apenas terminó de hablar, vieron a Mateo bajar las escaleras a toda prisa, vestido impecablemente.
—Mamá, Zulema, ¿me veo bien?
Tenía prisa y sentía que no había escogido la ropa con suficiente cuidado.
Zulema le dedicó una mirada de fastidio y ni siquiera se molestó en contestarle.

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