Israel tosió ligeramente y asintió:
—Está bien.
Israel entró en la habitación, abrió las ventanas de par en par para ventilar el olor a medicamento y, solo entonces, Eva y Almendra ingresaron.
Debido a los fármacos, Noé y Camila dormían profundamente.
Almendra se acercó al señor Lara y comenzó a tomarle el pulso.
El pulso seguía igual que antes: vigoroso y fuerte, nada propio de un hombre de su edad.
Además, basándose en su ritmo cardíaco, el cuerpo del anciano parecía gozar de una salud envidiable, sin rastro de enfermedad alguna.
Ella le preguntó a Israel:
—¿Tu abuelo tuvo alguna enfermedad grave antes? ¿O sufrió alguna herida importante?
Israel lo pensó un momento y dijo:
—Recuerdo que mis papás contaron que, de joven, por salvar a alguien, le dieron un machetazo en la cintura. Debería tener una cicatriz.
Dicho esto, él mismo movió al anciano para voltearlo.
Efectivamente, había una cicatriz en la parte baja de la espalda.
—Tiene la cicatriz… ¿entonces sí es mi abuelo? —Israel sentía que la cabeza le iba a estallar.
¿De verdad era el patriarca de la familia?
Almendra observó la marca, pensativa, y preguntó:
—¿Cuándo recibió esa herida?
—Lo escuché de mis padres, fue hace décadas —respondió Israel.
—¿No ha tenido ninguna reciente?
Israel negó con la cabeza:
—Que yo sepa, no.
Almendra declaró con firmeza:
—Este hombre no es tu abuelo.
—¿Qué? —Israel se quedó helado.
Eva también frunció el ceño:
—¿Pero la prueba de ADN mostró parentesco?

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