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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1115

Y añadió:

—Además, no es que la vayamos a dejar desamparada. Simón y yo pondremos una parte de nuestros bienes a su nombre, además de propiedades, locales y joyas. Tendrá suficiente para vivir sin preocupaciones el resto de su vida.

Yago temblaba de coraje.

—¿Crees que eso es lo mismo? Quieren despacharla con dinero. ¿Piensan que eso es lo que ella quiere? ¿Creen que será feliz lejos de la familia? ¡Son unos egoístas!

»Por su hija biológica, ahora quieren echar a Betina. Si es así, ¡échenme a mí también, a este viejo inútil! ¡Me llevaré a Betina y viviremos fuera! ¡Así no estorbaremos a su familia perfecta!

Frida no pudo evitar que se le quebrara la voz:

—Papá, ¿acaso no quiero darle una oportunidad? Pero cada vez que la perdonamos, se pone peor. Si no soy dura esta vez, quién sabe qué desgracia provocará en el futuro.

—¡Ella dijo que cambiará! ¿Por qué tienen que ser tan despiadados? —El anciano estaba tan alterado que le costaba respirar.

Betina, mientras lloraba, miraba de reojo las expresiones de todos. Al ver la firmeza de Yago, una chispa de esperanza se encendió en su interior y dijo entre sollozos:

—Abuelo, voy a obedecer en todo, no volveré a cometer errores. Haré lo que sea con tal de que no me echen.

Yago ayudó a Betina a levantarse y la protegió con su brazo.

—¡A menos que yo me muera, Betina no se va de la casa Reyes!

Esas palabras dejaron la sala en un silencio sepulcral.

Frida y Simón intercambiaron miradas llenas de impotencia y conflicto.

Mientras la atmósfera se volvía cada vez más opresiva, Almendra, que había estado en silencio, habló de repente:

Fingió estar conmovida hasta las lágrimas y dijo con voz llorosa:

—Gracias, hermanita. Voy a valorar esta oportunidad, no volveré a decepcionar a nadie.

Pero en el fondo de sus ojos bajos, el resentimiento se extendía como veneno.

Odiaba la falsa generosidad de Almendra, odiaba que le hubiera robado el cariño que le pertenecía, y la odiaba más porque, por su culpa, había caído en esta situación tan humillante.

Después de semejante tormenta, todos necesitaban calmarse.

Betina regresó a su habitación, cerró la puerta en silencio y caminó hacia el tocador. Miró su rostro bañado en lágrimas en el espejo, apretó los puños con fuerza hasta que las uñas se le clavaron en la carne.

«Almendra, no cantes victoria. ¡Algún día me las pagarás todas juntas, te arrepentirás de haber nacido!

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