Betina, vestida con elegancia y llevando un regalo en las manos, cruzó la puerta.
Una sonrisa de orgullo se dibujaba en sus labios.
Ser la hija del hombre más rico tenía sus ventajas.
Esa era la razón por la que no quería que se supiera su verdadero origen.
Si la gente supiera que ella era la hija falsa de los Reyes, ¿la tratarían con tanto respeto?
La respuesta era obvia: ¡No!
Apenas entró, escuchó que alguien la llamaba a sus espaldas:
—¿Señorita Betina?
Betina se giró con curiosidad y vio a dos chicas de su edad que entraban juntas.
Una de ellas le resultaba familiar, pero no lograba ubicarla.
—Tú eres...
Regina, con cara de emoción, respondió:
—Hola, soy Regina, de la Universidad Médica La Concordia. Señorita Betina, no esperaba encontrarla aquí, qué coincidencia.
Regina había sido invitada por Estela y venía acompañada de su inseparabla amiga Renata.
No esperaban toparse con Betina justo en la entrada.
¿Quién era Betina?
¡La hermana de Gilberto!
Regina llevaba tiempo queriendo conocer a Betina, pero nunca había tenido la oportunidad.
Si lograba hacerse amiga de ella, acercarse a Gilberto sería pan comido.
Al escuchar el nombre, Betina recordó de golpe.
¿No era Regina la que siempre competía con Almendra en el foro de la universidad y trataba de manchar su imagen?
Era... ¡una aliada!
Junto a Estela había una mujer vestida de forma muy llamativa; debía de ser su madre.
Antes de acercarse, Eva le susurró a Almendra:
—¿Ves? Esa es la «otra» de Darian, y la que está a su lado es la hija que tuvo con ella. Creo que se llama Estela, va a tu misma universidad.
Eva no sabía por qué Almendra había decidido venir de repente al cumpleaños de la abuela Sáenz, pero simplemente le siguió la corriente.
La familia Sáenz era todo un caso.
La abuela celebraba su cumpleaños y el hijo, en lugar de estar con su esposa legítima, estaba recibiendo a los invitados con la amante y la hija ilegítima, así, descaradamente. Qué fuerte...
Almendra había investigado a los Sáenz antes de venir, y fue entonces cuando descubrió que Estela era hija fuera del matrimonio.
Pero bueno, ahora ya la habían reconocido legalmente, y este año se había mudado a la mansión de los Sáenz junto con su madre biológica, Karina.
En cambio, la esposa legítima, Marisa Ponce, enferma y relegada, se la pasaba rezando encerrada en la vieja y pequeña villa de la propiedad.
Eva continuó:
—Dicen que la vieja señora Sáenz es tremenda, una experta en hacerle la vida imposible a las nueras. Pero desde que la amante se metió hasta la cocina, la vieja se ha calmado bastante. No hay justicia...

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