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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1181

—Hoy te haré otra sesión de acupuntura para expulsar las toxinas del cuerpo.

Marisa recibió el medicamento como si fuera un tesoro y lo apretó con fuerza en su mano. Asintió con solemnidad:

—Está bien. Gracias, Alme.

Israel montaba guardia afuera, mientras Eva ayudaba a Almendra dentro de la habitación.

Media hora después, la sesión terminó. Desde que había caído enferma, Marisa nunca había sentido el cuerpo tan ligero como ahora.

—¡Eres una salvadora! ¡Tienes manos de santo!

Jamás imaginó que Almendra, siendo tan joven, tuviera un nivel médico tan impresionante. Marisa sentía que estaba soñando. Le parecía que Dios había escuchado sus incontables súplicas y finalmente había enviado a alguien para rescatarla.

Eva sonrió:

—¿A poco no? ¡Cuánta gente quisiera tener la suerte de que ella los atienda!

Hablado de eso, que Marisa se hubiera cruzado con Almendra era verdaderamente una bendición.

Marisa se vistió y miró a Almendra con seriedad:

—Alme, ¿en qué quieres que te ayude?

La última vez que vio a Almendra, no creía que con su estado de salud pudiera serle útil. Pero ahora tenía esperanza. Sentía que Almendra realmente podía curarla. Ella era su salvadora, ¡estaba dispuesta a hacer lo que fuera!

Almendra curvó los labios:

—Solo dime Alme. De hecho, te buscamos porque tenemos un asunto muy importante.

—¿De qué se trata?

—Es sobre Darian —dijo Almendra.

—Él… ¿él también les hizo daño a ustedes? —preguntó Marisa, atónita.

Almendra negó levemente con la cabeza.

—No nos ha hecho daño a nosotros directamente, pero ha hecho cosas que atentan contra la seguridad nacional.

—¿Evasión de impuestos? ¿Lavado de dinero?

Almendra asintió:

—Entonces, este mes dedícate a recuperarte. Hasta que tu cuerpo no esté completamente sano, no debes levantar sospechas ni darles oportunidad de atacarte.

Marisa apretó los puños y asintió:

—Lo sé. Gracias, Alme.

Esta vez, no le daría a la familia Sáenz ninguna oportunidad de lastimarla. ¡Haría que la familia Sáenz le devolviera todo lo que le habían quitado!

—Por cierto, no le puedes contar esto a nadie, ni siquiera a tu hija —advirtió Almendra.

Principalmente porque la hija de Marisa no era cercana a ella, y temía que eso pudiera arruinar el plan.

Al mencionar a su hija, el corazón de Marisa volvió a doler hasta entumecerse. Esa ya no era su hija.

Con los ojos cristalizados, miró a Almendra:

—Pierde cuidado. A menos que me muera, ¡no se lo diré a nadie!

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