El anciano Yago estaba que echaba humo por las orejas, con los ojos desorbitados.
¡Miren eso, solo miren!
Él apenas había dicho una frase, ¡y ellos le respondieron con diez!
Realmente protegían a esa chiquilla, Almendra, como a la niña de sus ojos.
Betina también estaba furiosa. Desde que Almendra regresó, ¿cuándo la habían defendido así a ella?
Antes, siempre estaban de su lado.
Cuanto más lo pensaba Betina, más se le oprimía el pecho; le daban ganas de buscar un rincón para llorar a todo pulmón.
A Frida, sin embargo, no le importaba en lo absoluto lo que pensaran Yago o Betina.
Miró la hora y le dio instrucciones a Helena: —Helena, Alme ha tenido mucho trabajo últimamente. Dile a la cocina que le preparen un tazón de avena caliente con chía, para que lo tome en cuanto se levante.
Helena asintió de inmediato: —Claro que sí, señora. Voy a la cocina a encargarlo ahora mismo.
Al escuchar esto, Betina sintió que le iba a dar un infarto del coraje.
Almendra dormía hasta estas horas y no solo no le decían nada, ¿sino que encima mandaban prepararle un desayuno especial?
¡Era el colmo!
Esa preferencia ya no tenía límites.
Pero no se atrevía a decir esas palabras en voz alta, así que solo podía despotricar mentalmente contra Almendra, Frida y Simón.
Arriba, Almendra dormía profundamente cuando el timbre de su celular la despertó de golpe.
Lo tomó y vio que era Arturo.
—¿Qué pasa?
Arturo parecía no esperar que Almendra siguiera en la cama.
Después de todo, en su impresión, Almendra trabajaba de sol a sol y se esforzaba más que cualquiera de ellos.
—Disculpe, Señorita Almendra, ¿la desperté?
Almendra se frotó las sienes con la mano, con la voz ronca: —No importa. Dime, ¿qué sucede?


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