—Mmm, cuando regresemos le preguntaré qué fue lo que pasó.
Almendra comió algo en el avión, pero el cansancio la venció y siguió durmiendo.
Cuando despertó de nuevo, notó que estaba acostada en una cama suave.
La habitación estaba en completa oscuridad y reinaba un silencio absoluto.
Se incorporó, y sus dedos rozaron el interruptor de la lámpara en la mesita de noche. Justo cuando iba a presionarlo, la puerta de la recámara se abrió suavemente.
—Alme, ¿ya despertaste? ¿Qué necesitas? —Fabián se acercó con voz dulce y le tomó la mano.
Almendra arqueó una ceja y preguntó:
—Ya oscureció, ¿por qué no enciendes la luz?
El ambiente se tensó de golpe.
Fabián abrió los ojos con espanto, clavando la mirada en esos ojos hermosos de Almendra, que ahora parecían vacíos. Por un momento, fue incapaz de articular palabra.
—¿Fabián? —lo llamó Almendra, con un tono de confusión—. ¿Por qué no dices nada?
De repente, el pánico se apoderó de él.
Agarró la mano de ella y se la puso en la cara.
Al sentir la barba rasposa contra su palma, él notó que su propia voz temblaba:
—Alme... tú...
Sentía un nudo opresivo en la garganta; cada palabra que intentaba pronunciar se convertía en un rictus de dolor.
Eran las ocho de la mañana.
Afuera, el sol brillaba en todo su esplendor.
Adentro, la habitación estaba perfectamente iluminada.
Los dedos de Almendra recorrieron suavemente el ceño fruncido de él, tocaron la humedad en las comisuras de sus ojos y, de pronto, se quedó quieta.
El silencio se volvió profundo y pesado. Ella levantó la mano derecha y volvió a tomarse el pulso en la muñeca izquierda.
Después de un largo rato, bajó los dedos.
Soltó una risa amarga.
«Así que... es eso...».
Al ver su reacción, Fabián la abrazó con fuerza, con un ímpetu tal que parecía querer fundirla con su propio cuerpo.
—Alme, ¿cómo es posible? ¿Por qué pasó esto? —Su voz se quebraba por el llanto contenido.
Entonces, se le ocurrió algo. Soltó a Almendra y buscó su celular.
—Voy a llamar a Gilberto ahora mismo. Le preguntaré qué demonios pasó, seguro hubo algún error.
Almendra asintió.
—Está bien.
Fabián se levantó de la cama, saliendo de la habitación con una torpeza desesperada, casi perdiendo el equilibrio.
Primero ordenó al mayordomo que le pidiera al chef algo de comer para Almendra, y luego fue al despacho. Como loco, tomó el celular y volvió a marcar el número de Gilberto.
Pero en el auricular solo se escuchaba el tono de ocupado.
¿Le habría pasado algo a Gilberto?
Contactó inmediatamente a su gente allá para que lo buscaran.
Quizás solo Gilberto sabía por qué Almendra había perdido la vista tan repentinamente.
Se tomó un momento para recomponerse y, cuando la comida favorita de Almendra estuvo lista, subió con la bandeja.
Al llegar a la puerta, empujó suavemente. Al entrar, vio que la cama estaba vacía.
El corazón le dio un vuelco. Entró a zancadas y vio a Almendra de pie junto al ventanal.
Su silueta se veía delgada y solitaria.
Almendra escuchó sus pasos, pero no volteó. Simplemente preguntó:
—¿Salió el sol hoy?

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