Los ojos de Fabián destellaron con asco.
—¿Qué quieres? —preguntó con voz gélida.
Betina se apresuró a decir:
—Escuché que mi hermana regresó y vine a verla.
Fabián frunció el ceño aún más, pero desde adentro se oyó la voz de Almendra:
—Pásale.
Para ser honesta, Betina se sorprendió. Pensó que Almendra no querría verla ni en pintura.
Fabián se hizo a un lado y Betina entró. Vio a Almendra sentada en el sofá pequeño, con el rostro vuelto hacia su dirección. Si no supiera de antemano que estaba ciega, jamás lo habría adivinado.
—Almendra, tus… tus ojos… ¿de verdad no puedes ver nada? —preguntó, acercándose y estirando el cuello para inspeccionarla de cerca.
Al confirmar que Almendra realmente no reaccionaba a sus gestos, no pudo evitar una satisfacción maliciosa.
—¿Te alegra? —preguntó Almendra de repente.
La cara de Betina se puso rígida. Hizo una pausa y bajó el tono, fingiendo tristeza:
—Hermana, ¿cómo crees? Verte así me parte el alma. No sabes lo mal que me siento.
—Puedo escuchar cómo te ríes por dentro —dijo Almendra.
Betina se quedó muda.
—Si quieres reírte, ríete. No te aguantes. Delante de mí no necesitas fingir.
Las palabras de Almendra dieron en el blanco, impidiendo que Betina siguiera con su actuación.
—Hermana…
—Llámame por mi nombre.
Betina apretó los dientes. Quería gritarle y soltarle todo su veneno, pero con Fabián ahí presente, tenía que mantener su imagen de niña buena. Solo pudo decir:
—Me voy a mi cuarto. Descansa.
Marisa tomó el pequeño frasco de porcelana que le extendía Eva y asintió con seriedad:
—De acuerdo.
—Si necesitas ayuda, solo pídelo —añadió Eva.
—Gracias a ustedes —respondió Marisa conmovida.
A la mañana siguiente, estalló una noticia en la alta sociedad de La Concordia. Se decía que la señora Sáenz, a quien todos daban por desahuciada, había irrumpido en la mansión Sáenz con guardaespaldas y abogados.
En realidad, la actual mansión Sáenz era la antigua residencia de la familia Ponce. Darian y su amante, Karina, la habían remodelado después de instalarse, rebautizándola como «Casa Sáenz».
Darian solo esperaba que Marisa muriera para que todos los bienes pasaran a su nombre. ¡Jamás imaginó que Marisa, que ya tenía un pie en la tumba, regresaría! Y no solo eso: traía pruebas de su infidelidad y exigía que él se fuera sin un centavo.
¡El mundo se le venía encima!
Por otro lado, Estela había sido expulsada de la Universidad Médica La Concordia tras reportar falsamente a Almendra durante el concurso. Darian la había regañado hasta el cansancio por eso.
—¿Qué te dije en el cumpleaños de tu abuela? Te dije que te hicieras amiga de esa tal Almendra, ¿y qué hiciste? ¿La denunciaste? ¿Tienes aserrín en la cabeza o qué?

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