El jefe de seguridad, con actitud prepotente, extendió la mano para agarrar a Eva del brazo:
—Señoritas, si no son parientes de la familia Sandoval, dejen de causar problemas y retírense.
Eva se sacudió la mano del guardia con brusquedad, furiosa:
—¿Qué te pasa? ¡No me toques! Entramos con invitación, ¿por qué nos corren?
Mientras hablaba, sacó la invitación con letras doradas de su bolso y se la pasó por la cara al guardia.
El hombre echó un vistazo a la invitación, pero mantuvo su tono escéptico:
—¿Quién sabe de dónde sacaron eso? Podría ser falsa.
La discusión atrajo rápidamente la atención de los invitados, y el lugar se llenó de murmullos.
Ya decían ellos que no conocían a esas dos; ¿resulta que sí se habían colado?
Justo cuando la tensión estaba al máximo, se oyó la voz clara de Yolanda:
—¡Alto! ¿Qué están haciendo?
Cruzó rápidamente entre la gente con expresión visiblemente molesta.
Al ver a Almendra y a Eva rodeadas, se abrió paso hasta ellas y le gritó a los guardias:
—Estas son mis amigas, ¿cómo se atreven a ser tan groseros?
Los guardias se quedaron pasmados.
—Señorita Yolanda, es que… esto…
Mirta se acercó frunciendo el ceño, con la mirada llena de desconfianza y duda:
—Yolanda, ¿desde cuándo tienes amigas así? Nunca las había visto.
»No traigas a cualquier persona a la casa. Hoy es el aniversario de papá y mamá, no armes escándalos.
Yolanda solía respetar mucho a su hermana mayor.
Pero ahora, sostuvo la mirada de Mirta sin inmutarse y sonrió:
—Hermana, siempre andas a mil por hora, con la cabeza metida de lleno en la empresa.
¿De dónde vas a sacar tiempo para saber qué amigas tengo?
»Tengo un montón de amigas, ¿tengo que reportarte a cada una?
Mirta entrecerró los ojos. Aunque no estaba conforme, no podía decir nada más frente a sus padres.
Echó una mirada profunda a Almendra y Eva antes de darse la vuelta y marcharse.
Cuando la gente se dispersó, Yolanda tomó las manos de Almendra y Eva y se disculpó:
—Qué pena, de verdad. Estaba recibiendo a otros amigos y no las vi llegar.
Almendra sonrió:
—No te preocupes, lo entendemos.
Eva también sonrió:
—¡Exacto! Mientras haya pastel rico, olvidamos el mal trago.
Dicho esto, se acercó a Yolanda y le deslizó un pequeño frasco de porcelana en la palma de la mano.
Bajó la voz y dijo:
—Aquí está el somnífero. Busca una oportunidad para que se lo beba. Esta noche podremos comprobar si es ella o no.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada