Cuando Betina regresó a la residencia de la familia Reyes, se encontró con una escena que le revolvió el estómago. En la sala, Cristian estaba pelando una mandarina para Almendra, separando cuidadosamente los gajos para que ella pudiera comerlos sin esfuerzo.
Marcelo estaba sentado en la alfombra, junto a las piernas de Almendra, configurando una tablet y explicándole con voz suave cómo usar la nueva aplicación de audiolibros.
Eva también estaba ahí. Las risas llenaban la sala y nadie notó que ella había entrado. Betina apretó los puños, conteniendo la rabia que amenazaba con desbordarse.
Antes, los ojos de sus hermanos solo la miraban a ella. Ahora, solo existía Almendra.
—Cristian, Marcelo, ¿cuándo llegaron? —preguntó Betina, fingiendo sorpresa y alegría.
Todos en la sala voltearon a verla.
Cristian hizo una pausa en lo que hacía.
—Hace un par de días.
—Ah, Betina, ya llegaste —dijo Marcelo asintiendo levemente.
Betina se acercó con una sonrisa forzada, mezclando reclamo con berrinche:
—Marcelo, qué malos, ni siquiera me avisaron que venían.
—No queríamos interrumpir tus estudios, por eso no te dijimos —respondió Marcelo con una sonrisa cortés.
Betina bufó por dentro: «Almendra ni siquiera está yendo a la universidad, ¿por qué no dicen que ella está perdiendo el tiempo?»
En ese momento, Simón y Frida bajaron las escaleras. Últimamente pasaban mucho tiempo en la planta alta para estar cerca de la habitación de Almendra.
—Llegó Betina —comentó Simón al verla.
—Sí, papá, mamá —dijo ella, haciéndose la niña buena.
Frida la miró brevemente y propuso:
—Ya que estamos todos, ¿qué les parece si salimos a cenar? ¿De qué tienen antojo?
—Pregúntenle a Alme —dijo Cristian.

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