Al escuchar esto, a Frida se le encogió el corazón.
Apretó con fuerza la mano de Almendra, con los ojos llenos de lágrimas.
—Es mi culpa por ser tan inútil. Tantos años criando cuervos y ni siquiera sabía todo lo que estabas cargando…
Eva chasqueó la lengua y le pasó unos pañuelos a Frida.
—Señora, no se culpe. Betina y Liliana saben esconder muy bien el cobre. Si no, no seguiríamos lidiando con ellas hasta ahora.
Frida se secó las lágrimas y asintió con firmeza.
—Entonces… ¿qué hacemos ahora?
—Dejemos que se reúnan —dijo Almendra con calma.
Para no levantar sospechas, Liliana citó a Betina en un tianguis nocturno. En el mercado había pocas cámaras y, si pasaba algo, sería fácil escapar entre la gente.
Además, la cita de hoy era principalmente para quitarle el celular a Betina; una vez que lo tuviera, se largaría.
Betina, siendo una señorita de alta sociedad, jamás había pisado un lugar tan caótico. Llevaba sombrero y cubrebocas, y al mirar alrededor, solo veía un mar de gente. No encontraba a Liliana por ningún lado.
Empezó a quejarse:
—¿Qué le pasa a Liliana? ¿Por qué me cita en este lugar? Está sucio y desordenado. ¿De verdad se puede comer aquí?
Mientras refunfuñaba, vio en un rincón a alguien aún más tapada que ella haciéndole señas. Agudizó la vista; era Liliana.
Caminó hacia ella frunciendo el ceño.
—Liliana, ¿por qué vinimos a este lugar…?
Al ver las sillas y mesas de plástico, no tuvo valor ni para sentarse. Estaba lleno de bacterias, ¿cómo iba a sentarse ahí? ¡Qué asco!
Liliana, conociendo sus remilgos, sacó pañuelos desechables y limpió la silla frenéticamente.
—Listo, Betina. Siéntate rápido.
Betina puso varias capas más de papel con cara de asco antes de obligarse a tomar asiento.

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