Betina entró corriendo al último piso del edificio abandonado, sus tacones resonando contra el concreto.
Al ver a Almendra atada a las varillas de acero, Betina apretó los puños con tanta fuerza que le temblaban las manos. Toda la envidia y el rencor que había reprimido surgieron como veneno en su corazón.
—Hermanita, ¿cómo terminaste amarrada? Ay, ay, ay... de verdad te ves patética.
Caminó alrededor de Almendra, con una voz tan dulce que empalagaba.
La llegada de Betina no sorprendió en absoluto a Almendra.
—¿No deberías ser tú la que da lástima? —replicó Almendra con frialdad y calma.
En un instante, Betina estalló como si le hubieran prendido fuego y le soltó una cachetada brutal a Almendra.
—¡Almendra! ¡A estas alturas y todavía te atreves a dártelas de muy digna!
En la mejilla pálida de Almendra aparecieron de inmediato las marcas rojas de los dedos.
Al ver esto, Liliana se acercó y preguntó con falsa preocupación:
—Betina, ¿te dolió la mano?
Betina sintió una satisfacción inmensa, como si finalmente hubiera liberado todo el rencor que llevaba guardado en el pecho.
—Liliana, la que le duele es a ella, no a mí.
Dicho esto, miró fijamente a Almendra y resopló:
—Ay, Almendra... si no hubieras regresado a la familia Reyes, nada de esto habría pasado.
»El amor de mis papás y mis hermanos, el compromiso con la familia Ortega... ¡todo eso debía ser mío!
»¡Todo cambió por tu culpa!
Almendra escuchaba con la mirada baja y una sonrisa burlona en los labios.
—Fabián se casó con la verdadera hija de la familia Reyes, no con una imitación barata.
—¡Cállate! —chilló Betina repentinamente.
—¡Soy cien veces mejor que tú! ¡Si no hubieras aparecido de la nada, yo ya me habría casado por todo lo alto con Fabián! ¡Sería la esposa del señor Fabián y la verdadera señorita de la casa Reyes!
»¡Tú lo arruinaste todo!
Almendra soltó una risa suave.
—Betina, ni siquiera sabes quién eres y todavía deliras con ser la hija de los Reyes.
»¿No te da curiosidad saber quiénes son tus verdaderos padres?


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