Betina se quedó de piedra, sintiendo un nudo en el estómago.
¡Maldita sea!
¿Néstor y Olga la estaban arrastrando con ellos?
—¡Papá, claro que no! ¡Jamás les dije que mi hermana era su ahijada!
Al verla tan alterada, Simón intentó calmarla.
—Betina, tu mamá y yo creemos en ti. Pero ellos dos insisten en que fuiste tú quien les dijo que Alme era solo la ahijada de la familia Reyes, y que por eso se atrevieron a hacerle daño sin miramientos.
¡Betina sintió una sacudida!
¡Malditos viejos! ¿Cómo se atrevían Néstor y Olga a culparla de esa manera?
—Papá, mamá, puedo jurar por lo que más quieran que yo nunca les dije eso. ¡Me están calumniando! —dijo Betina, con los ojos enrojecidos y la voz entrecortada, como si fuera la víctima de la peor de las injusticias.
Frida intervino rápidamente.
—Betina, tranquila. Solo queríamos saber la verdad para poder darle una explicación a la policía y a tu hermana. Desde que nos lo dijeron, tu papá y yo supimos que no eras capaz de algo así.
Betina se mordió el labio en secreto, sintiendo una mezcla de decepción y rabia.
¿Que creían en ella?
Si de verdad creyeran en ella, no la estarían interrogando.
¡Eso significaba que le habían dado más crédito a las palabras de Néstor y su esposa!
Antes, habrían resuelto el problema sin involucrarla. Jamás la habrían cuestionado así, humillándola delante de todos por su verdadera hija.
—Betina, no estamos dudando de ti. Solo queremos saber la verdad para poder confrontar a Néstor y Olga. Si no, seguirán diciéndole a la policía que tú los manipulaste para que lastimaran a Alme, y si la policía interviene, las cosas se complicarán.
Simón, al notar la angustia en los ojos de Betina, le explicó con voz suave.
Betina sintió otro vuelco en el corazón, y el pánico se apoderó de ella.
***
Fabián insistió en llevar a Almendra a casa, así que ella condujo su carro con él de copiloto, mientras Martín los seguía de cerca en otro vehículo.
Y cuando se dice “de cerca”, es literal. Martín temía que Almendra pisara el acelerador y lo dejara atrás, y que cuando su jefe llegara a su destino, él todavía no hubiera aparecido.
Si eso pasaba, su reputación de inútil quedaría sellada para siempre.
Y lo peor, si su jefe se enfadaba y decidía cambiar de chófer, no tendría a quién llorarle.
—¿Comemos juntos mañana al mediodía? —preguntó Fabián, observando el perfil claro y hermoso de Almendra, con una voz tan suave que parecía derretirse.
Almendra enarcó una ceja, sin apartar la vista del frente.
—¿Estás muy desocupado? ¿O es que al Grupo Ortega no le va muy bien últimamente?
***

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