—No es ninguna molestia.
Aunque no viniera seguido, lo tendría listo para cuando ella regresara.
Almendra sintió una calidez en el corazón. Aquel hombre era muy detallista.
—Por cierto, el señor Esteban mencionó que no te sentías bien. ¿Qué es lo que tienes?
Almendra pensó que, si había buscado personalmente a El Santo, debía de ser algo grave lo que lo aquejaba.
Fabián no esperaba esa pregunta. Guardó silencio un momento y luego sonrió. —No es nada, mi abuelo es un exagerado.
Justo acababa de recibir un mensaje de Martín diciendo que habían encontrado a El Santo y que había aceptado ayudar.
Quizás solo El Santo podría solucionar su problema.
No es que no confiara en Almendra, sino que temía que si ella no lograba curarlo, empezara a dudar de sus propias habilidades.
No quería presionarla.
Almendra, quizás adivinando sus pensamientos, al ver que no quería hablar, simplemente asintió. —Bueno, está bien. Si me necesitas, no dudes en decírmelo.
Fabián se sintió conmovido. Se acercó a ella y le dijo con voz magnética: —Lo que necesito es que pases más tiempo conmigo cuando estés libre.
La cara de Almendra se sonrojó. Dio un paso atrás y dijo: —Ya es tarde, debo ir al hospital a prepararme.
Ya había hablado con Uriel en la empresa, así que volvería al día siguiente.
—Te llevo.
Aunque Fabián quería que la joven se quedara un poco más, sabía que estaba ocupada, y además, la presencia de Betina arruinaba el ambiente.
—De acuerdo.
Mauricio vio a Almendra y a Fabián salir del área del estanque y corrió hacia ellos cargando un montón de cosas.
—Cuñada, ¡cómete esto rápido!
Almendra se quedó perpleja. Era demasiado, no podría comérselo todo.
—Ponlo en el carro, que se lo lleve a casa —dijo Fabián.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada