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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 981

Domingo estaba un poco preocupado: —Pero jefa...

—Vámonos —dijo Almendra con un tono que no admitía réplica.

Ese lugar no representaba un problema para ella.

Domingo no tuvo más remedio que asentir: —Está bien, primero sacaremos a las chicas y volveremos enseguida.

—Ajá.

Domingo y Moisés tomaron un auto cada uno y sacaron a las chicas de la zona.

Almendra buscó un punto elevado para observar los edificios más apartados y bajos, fijando finalmente su objetivo en una construcción de un solo piso en la esquina sureste, la más aislada de todas.

Su figura era pequeña y se movía con la ligereza de una pluma. Había guardias por todo el recinto, pero Almendra los esquivó hasta llegar al edificio en ruinas.

Dos tipos corpulentos patrullaban con armas en mano. Almendra llevaba una pistola con silenciador y un dispositivo casero de dardos tranquilizantes en la muñeca.

Levantó el brazo, apuntó el pequeño y sofisticado dispositivo hacia la nuca de uno de ellos y se escuchó un leve siseo.

El hombre cayó al instante.

El otro escuchó el ruido, pero antes de que pudiera reaccionar, otro siseo lo derribó cortesía de Almendra.

Almendra entró rápidamente al edificio; el hedor a sangre y suciedad casi la hace vomitar.

A ambos lados del pasillo había muchas puertas pequeñas, cada una con un candado oxidado.

Se reprochó en silencio: «Se me olvidó revisarles los bolsillos a esos tipos».

Las llaves debían estar en sus cuerpos.

Como no había ventanas, Almendra no podía ver el interior de las habitaciones.

Sin embargo, esos candados no eran un desafío para ella.

Sacó una pieza del dispositivo de su muñeca, algo más grueso que una aguja, la introdujo en la cerradura, la movió ligeramente dos veces y, *clic*, se abrió.

Al empujar la puerta, encontró a siete u ocho chicos extranjeros encerrados en una habitación oscura y maloliente.

Por su aspecto, sin duda también habían sido secuestrados.

Los chicos se encogieron abrazándose a sí mismos por instinto, pero al abrirse la puerta, se sorprendieron al ver a una chica hermosa, casi angelical.

Almendra ya había revisado la habitación contigua y estaba vacía.

¿Acaso Braulio... estuvo encerrado ahí hoy?

—Parece que alguien se resistió y lo golpearon. Creo que querían llevarse a una niña de ocho años para... ya sabes, «atender clientes», y alguien la defendió.

—¿Y luego qué pasó con ellos? —preguntó Almendra frunciendo el ceño.

—Escuchamos algo vagamente... decían que sus órganos estaban sanos, así que probablemente los trasladaron.

—Sí, yo también oí eso. Dicen que a mucha gente de aquí le sacan los órganos y los matan.

El corazón de Almendra se hundió.

El cuerpo de Braulio no aguantaría ese tipo de tortura.

¡Tenía que encontrar a Braulio esta misma noche, costara lo que costara!

En ese momento, se escucharon disparos afuera.

La voz de Iguana sonó por el auricular: —Jefa, descubrieron a los que escaparon, ¿qué hacemos?

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