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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 988

Almendra y Fabián miraron por la ventanilla del helicóptero al unísono.

La inmensa superficie del mar estaba envuelta en la densa noche, pero una franja de luz brillante irrumpió en su campo de visión: era un crucero de lujo, como un palacio de ensueño flotando sobre el océano nocturno.

El barco estaba rodeado de luces, un resplandor cálido que fluía suavemente en la oscuridad, contrastando con el agua profunda.

Desde arriba, parecía un enorme joyero luminoso; cada ventana encendida era una perla brillante que irradiaba calidez y tentación.

Almendra entornó los ojos: —Aterricen.

—¡Sí, jefa!

El helicóptero descendió lentamente. Podían ver a gente vestida de gala bailando en la cubierta al son de música elegante.

La piscina brillaba, entrelazando el agua con las luces y el cielo estrellado en una imagen onírica.

De vez en cuando, las risas llegaban con la brisa marina, añadiendo vida a la noche tranquila.

En ese momento, entre el cielo y el mar, el crucero era la existencia más deslumbrante, compitiendo con las estrellas.

El piloto localizó el helipuerto del barco, pero ya estaba ocupado por dos helicópteros.

El espacio era limitado, así que no podían aterrizar.

—¡Jefa, bloquearon el helipuerto con sus naves! ¡No podemos bajar! ¡Esos cabrones lo hicieron a propósito! —Iguana maldecía furioso.

Almendra sabía que rescatar a Braulio no sería fácil.

Después de todo, ¡esa gente no conocía el significado de cumplir una promesa!

Sus palabras valían menos que nada.

Fabián entrecerró los ojos y dijo con frialdad: —Nos están poniendo a prueba.

Almendra sonrió con sarcasmo: —Ya veremos quién pone a prueba a quién.

Si lograban aterrizar, no importaba qué tan peligroso fuera abajo; para Almendra y Fabián no sería un problema.

El helicóptero daba vueltas sobre el crucero, incapaz de posarse.

Abajo, en la cubierta, un hombre de mediana edad con camisa negra y pantalones de vestir, abrazaba a una mujer en lencería y medias de red mientras observaba todo con frialdad.

Las risas eran fuertes, resonando hirientes en la noche sobre el mar, llegando incluso hasta el helicóptero.

Iguana y los demás golpeaban sus muslos de rabia.

—¡Jefa! ¡Se están pasando!

—¡Maldita sea! ¡Basura! ¡Voy a bajar por la escalerilla y me los voy a chingar!

—¡Jefa, tenemos paracaídas! ¡Podemos saltar y partirles la cara, a ver si se siguen riendo!

Almendra y Fabián mantenían el rostro frío.

Pero no estaban tan furiosos como Iguana y los demás; de hecho, estaban muy calmados.

Las acciones de Gavilán Gris estaban dentro de lo previsto.

A esas bestias les encantaba ver a sus enemigos dar vueltas inútilmente; les daba sensación de logro.

Almendra soltó una risa fría y se levantó de su asiento: —Dejen que se rían... pronto se les acabará la risa.

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