—¡Puta asquerosa tartamuda! ¿¡De quién es ese engendro que llevas dentro!? —mi madrastra me dio una bofetada en la cara delante de la doctora quien ya me miraba con despreció.
Me dolió muchísimo y estaba segura de que me iba a dejar un moretón horrible. Apreté los dientes, pero me negué a hablar, aunque estaba temblando, incluso respirar se sentía pesado.
—¿Qué clase de cosas sucias has estado haciendo, Celine? ¿Estás tratando de arrastrar más mi nombre por el barro? —mi padre siseo, ni siquiera se detuvo, su mano me acarició la otra mejilla, golpeándome tan fuerte que ni siquiera pude distinguir dónde estaba durante unos segundos.
Una omega sin lobo ni pareja que se quedara embarazada era suficiente para sacudir a toda la manada. Eso era inaceptable. El consejo estaría furioso.
—Celine, ¿sabes siquiera quién es el padre? —La voz de mi media hermana sonó fuerte. Era mayor que yo, pero nunca intentó guiarme ni tratarme como a una hermana. En cambio, le susurró veneno al oído a mi padre.
Pero lo que más me dolió fue que tenía razón.
No sabía quién era el padre.
Hace tres meses atrás:
Como omega trabajaba en la casa de la manada, mi primer celo me azotaba como una tormenta insalvable, no sabía cómo había pasado esto porque no tenía un lobo. La fiebre me llegó a los huesos, extendiéndose caliente e implacable hasta que sentí que mi piel ardía. Recuerdo tropezar por los pasillos de la manada, con el sudor empapando mi camisón, con un hambre que nunca antes había sentido. Un hambre que jamás había imaginado. El aire estaba impregnado del aroma a pino y tierra del bosque exterior, pero solo podía pensar en alivio. Escapar.
No pretendía acabar en su puerta. O quizás sí. No lo sabía. La habitación de descanso de alfas estaba al final del ala este, el único lugar al que nunca iba, eran los próximo gobernantes del Norte, sur y este. Los tres eran alfas poderosos, median más de 1.96 metros, musculosos y muy guapos.
Pero esa noche, mi cuerpo me llevó allí como una polilla a la llama. O quizás la Diosa de la Luna me llevó allí. Empujé la puerta y allí estaban: sin camisa, con los ojos dorados brillando en la penumbra, los músculos tensos como si estuvieran luchando contra sus propios demonios.
Trague saliva, ante la vista, un deseo desconocido se encendió dentro mí, la sensación se deslizó por todo mi cuerpo hasta llegar a su punto más sensible entre sus muslos.
—¡Chic…os! —balbuce. Mi corazón empezó a acelerarse y estaba confundida.
¿Por qué me atraían los tres? Eran mis mejores amigos. Se suponía que un flechazo era solo por una persona, ¿verdad? Pero me sentía diferente con cada uno de ellos.
Otro episodio de calor invadió su cuerpo, su espalda se arqueó contra la pared.
Un gemido se escapó de mis labios e instantáneamente mi mano se estiró para taparme la boca. Por instinto comencé a sacarme la ropa, quedando en una simple ropa interior.
Todos gruñeron lo bajo, sus miradas lascivas escanearon mi cuerpo de pies a cabeza.


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