De lo contrario...
Realmente no habría sabido cómo darle explicaciones a su chica.
Iván y Eliseo se miraron y asintieron al unísono.
Debería haber pensado así desde el principio.
Además.
Acababan de enterarse de que someterse a esa cirugía, supuestamente, afectaba esa función masculina.
Jaja.
Con razón la Srta. Carrillo había volado de regreso durante la noche.
—Lárguense.
Rogelio agitó la mano con impaciencia y tomó el menú para ir a la cocina.
Con el asunto de hoy, unas palabras dulces probablemente no serían suficientes para calmarla.
Tendría que cocinar un par de sus platillos favoritos.
—¡Sss!
Rogelio arrojó las verduras salteadas en el sartén, y debido al agua, el aceite hirviendo saltó por todas partes.
Rogelio no pudo esquivarlo a tiempo y le quedaron varias quemaduras rojas en el dorso de la mano.
Mirando las manchas rojas, se quedó perdido en sus pensamientos por un momento.
***
Aldana durmió durante tres horas.
Al despertar.
Percibió un aroma intenso y delicioso, parecido al pollo al curry.
Apartó las cobijas y caminó hacia el comedor, donde encontró cuatro platillos y una sopa elegantemente servidos en la mesa.
Después de días comiendo comida insípida en el extranjero, no había tenido apetito en absoluto.
Pero ahora, al ver esa deliciosa comida casera, se le hizo agua la boca.
—Siéntate, la sopa estará lista en un momento —Rogelio colocó un vaso de jugo junto a su mano—. Tiene maracuyá, sabe muy bien.
Aldana probó un sorbo, en efecto, estaba delicioso.
Poco después.
Rogelio terminó de servir todo y se sentó frente a ella: —¿Por cuál quieres empezar?
Al servirle comida en su plato, expuso intencionalmente los brazos con las marcas de quemaduras.
Aldana lo notó, levantó la mirada hacia él y preguntó: —¿Te quemaste?
Dejó escapar un suave suspiro y acarició el rostro del hombre. Su voz se volvió increíblemente suave: —No tienes que llegar a estos extremos por mí.
El abuelo y Doña Marcela estaban esperando con ansias un bisnieto; si se enteraran de lo que había intentado hacer, le romperían las piernas a bastonazos.
—¿No dijiste que no te gustaban los niños? —Rogelio frotó su mejilla contra la palma de la chica—. Estoy dispuesto a dar mi vida por ti, qué importa cualquier otro sacrificio.
Las pestañas de Aldana temblaron, sería mentira decir que no estaba conmovida.
—Nunca dije que no me gustaran los niños. —Movió los labios y murmuró en voz baja—: Solo que mi gusto tiene ciertos principios.
—¿Principios?
—Sí —asintió Aldana—. Me gusta el hijo de Julieta, me gustan los niños limpios, lindos y bien portados.
—Además...
Aldana se inclinó hacia adelante hasta quedar cara a cara con Rogelio, levantó una ceja y sonrió: —Los tuyos... también me gustarán.
Él era tan guapo, que sus hijos seguramente serían preciosos.
—No me atrevo.
Rogelio la jaló hacia sus brazos y apoyó la frente contra la de ella. Sentía que el corazón se le partía de la angustia: —¿No podría la ciencia avanzar un poco más rápido?
Aldana: —¿?
Rogelio: —Ojalá pudiera ser yo quien los tenga en tu lugar.

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