Tres años después.
Había llegado una nueva temporada de graduaciones, y el campus de la Universidad de la capital estaba abarrotado de gente.
Aldana estaba en el laboratorio cuando, de pronto, llamaron a la puerta.
Se dio la vuelta y lo primero que vio fue un enorme ramo de rosas deslumbrantes.
Justo después, una cabecita redonda se asomó por detrás de las flores, y una vocecita infantil y dulce dijo:
—Mamá.
—¿Eh? ¿Mi pequeño Suertudito?
Al ver a su hijo aparecer de la nada, Aldana arqueó una ceja.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a la graduación de mi tía Inés.
Maximiliano llevaba un elegante trajecito de sastre, con el cabello perfectamente peinado. Su rostro regordete se veía adorable pero muy galante.
—Estas flores son para ti, mamá.
Las flores de la tía Inés las había dejado afuera.
El ramo era enorme y Maximiliano, a sus escasos tres años y medio, no tenía mucha fuerza.
Se tambaleaba con el peso y tenía las mejillas rojas del esfuerzo.
—¿Viniste tú solo?
Aldana se quitó la mascarilla y los guantes, bajó los escalones, le quitó el pesado ramo de las manos y le pellizcó con cariño las mejillas tiernas.
—Por supuesto que no.
Justo cuando Aldana hizo la pregunta, un hombre vestido de forma igualmente impecable entró por la puerta y preguntó con una mirada rebosante de amor:
—¿Te gustan? Las cultivé yo mismo.
—Contratar trabajo infantil para entregar flores... eres el mejor papá del mundo, sin duda.
Aldana rozó los pétalos con los dedos y sonrió:
—El ramo que le trajeron a Inés, ¿también lo cultivaste tú?
—Claro que no.
Rogelio se inclinó y le dio un beso en la comisura de los labios.
—Las flores que yo cultivo son exclusivamente para mi esposa.
«Uf.»
«Ya se habían besado en la mañana, y ahora lo hacían de nuevo.»
Maximiliano apretó los labios y se dio la vuelta, ya acostumbrado a esa rutina.
—Estamos en la universidad, compórtate.
Aldana empujó suavemente a Rogelio, se acercó a su hijo y le dijo:
—Maximiliano, acompáñame a cambiarme de ropa.
—Sí, mamá.


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