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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1652

—Habla. —Elvia frunció el ceño, exigiendo respuestas—. ¿Acaso es alguien impresentable?

Al pensar en ello, los ojos de Elvia se abrieron de par en par, formulando una teoría increíble.

—No me digas que... ¿te has fijado en una mujer casada?

Héctor cerró los ojos un momento y respiró hondo.

—Su hijo no es tan falto de moral.

—Entonces, ¿quién es? —El rostro de Elvia se tornó severo—. Aunque no me opongo a que elijas con quién salir, no voy a aceptar a cualquier mujercita de dudosa reputación.

—Jajaja...

Al escuchar a su madre, Héctor no pudo contener una carcajada.

«¿?»

Las criadas que estaban cerca intercambiaron miradas de confusión.

—¿De qué te ríes? —Elvia parpadeó, ofendida. ¿Acaso había dicho un chiste?

—Mamá, ¿de dónde sacas tanta confianza para creer que tu hijo es el gran premio y que las mujeres se pelearán por él? —Héctor negó con la cabeza, pronunciando cada palabra con claridad—. Si no hubiera nacido en la familia Lucero, con esta actitud mía, dudo que alguna vez consiguiera esposa.

«¿?»

Elvia se quedó sin aliento.

—Hablando de mujercitas de dudosa reputación —continuó Héctor con una risa sarcástica, caminando hacia la salida—. Primero deberías fijarte en qué clase de joyita es tu propio hijo.

—Tú... tú... —Al ver la espalda ancha y despreocupada de su hijo, Elvia casi se desmaya—. ¿Cómo puede hablar de sí mismo de esa manera?

Las empleadas, asustadas, asintieron tímidamente. Lo que decía era cierto, a veces el señorito Héctor se pasaba de la raya.

—No, esto no puede quedarse así. Tengo que contratar a alguien para que investigue quién es esa mujer.

Elvia, frenética, sacó su teléfono y contactó a un investigador privado.

Luego, llamó a Alondra Valeriano para disculparse por la ausencia de Héctor en la cita.

Alondra fue sumamente comprensiva. Su tono era dulce y aterciopelado:

—No se preocupe, señora. Ahora que he vuelto al país, habrá muchas oportunidades para vernos.

—Eres un encanto, tan considerada. —Elvia sonrió, tomándole aún más cariño—. No te preocupes, yo me encargaré de que esto funcione.

Sin embargo...

Los hombres le lanzaron miradas extrañas, escrutándola de arriba abajo.

Sin responder al saludo, apartaron la vista con frialdad.

El desprecio era evidente.

Era de esperarse.

Para evitar problemas, el hecho de que Gilda era instructora en la Escuela de Cazadores era un secreto que solo su familia conocía.

Nadie más sabía de lo que era capaz.

Solo veían a una mujer intentando meterse en el mundo del boxeo, asumiendo que su resistencia y fuerza jamás igualarían a las de un hombre.

Era natural que la subestimaran.

Se preguntaban por qué los organizadores la habían invitado.

¿Solo porque era la hermana de Aldana Carrillo y cuñada de Rogelio Lucero?

¡Menuda forma de besar el suelo por donde pisaban los poderosos!

—¿Qué les pasa a esos tipos? —murmuró uno de los estudiantes detrás de Gilda, claramente molesto.

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