—Pues yo no lo creo.
Elvia Lucero estaba aferrada a sus prejuicios, deseando con toda su alma que Héctor se separara de ella a causa de este escándalo.
—¡Ah, cierto!
Una idea cruzó por su mente y exclamó emocionada:
—¿Debería llamarle a Héctor y contarle lo que pasó con Gilda?
—No lo hagas.
Don Segundo Lucero la detuvo de inmediato, hablando con tono severo:
—Héctor está en el extranjero preparando todo y al fin va a realizar su vuelo de prueba. Si le cuentas ahora, arruinarás todos sus planes.
—Además...
Hizo una pausa antes de continuar:
—También quiero ver cómo Gilda maneja esta situación.
—Seguro irá llorando con Héctor a decirle que es inocente —bufó Elvia— y luego hará que Rogelio Lucero y Aldana Carrillo le arreglen el problema en internet, soltará algo de dinero y todo quedará en el olvido.
—No creo que sea así —Don Segundo esbozó una media sonrisa y habló pausadamente—: Esa chica no es una persona común.
***
En el estudio.
Gilda estuvo atrapada en su oficina durante trece largas horas.
Finalmente, la policía intervino y logró dispersar a los periodistas y a los curiosos.
En el auto.
Dalia miró hacia el asiento trasero. Al ver a Gilda apoyada contra el respaldo, con los ojos cerrados, le preguntó con preocupación:
—Jefa, ¿está bien?
—Estoy bien.
Gilda abrió los ojos y preguntó con tranquilidad:
—¿Cómo sigue la mano de Vicente?
—Jefa, él hizo que todo el mundo la odiara y usted todavía se preocupa por su mano.
Dalia estaba furiosa; odiaba a ese tipo de malagradecidos más que a nada en el mundo.
—Pues que quede discapacitado, así no podrá arruinarle la vida a nadie más.
—Dígame, ¿en qué le fallamos para que nos incriminara de esta manera?
—La verdad siempre sale a la luz.
Gilda esbozó una sonrisa pálida y algo amarga.
—Ustedes también deben estar muy cansados. Cerraremos el estudio temporalmente, aprovechen para descansar.
—Jefa...
Aprovechando la luz roja del semáforo, Dalia volteó y sugirió:
—¿De verdad no le vamos a decir nada a Héctor?
—No.
Gilda negó rotundamente.
—Yo puedo arreglar este asunto sola.
Realmente lo extrañaba mucho.
Por la diferencia de horario, donde estaba Héctor ya debía ser de noche.
En ese momento.
El repentino e insistente sonido del timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos.
Al abrir.
Se sorprendió al ver a Aldana con unos recipientes de comida.
—¿Aldi?
—¿Ya cenaste?
Aldana entró, caminó con naturalidad hasta la sala y empezó a acomodar los recipientes en la mesa.
Gilda apretó los labios:
—La verdad, no tengo hambre.
Aldana:
—Ven a sentarte a comer. Solo lo diré una vez.
Su tono era muy serio.
Feroz, pero al mismo tiempo adorable.
Gilda guardó silencio por un rato.
—Está bien.

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