—Un Mandatario arrastrándose como el perro de una mujer durante tres años… Es algo inaudito —comentaba Camilo Alzamora, sentado cómodamente en el sofá mientras agitaba perezosamente su copa de vino tinto.
Al escuchar eso, la ira de Don Octavio Alzamora se intensificó.
Él y su madre eran iguales, llevaban la misma sangre corriente.
Teniendo una vida llena de privilegios, preferían revolcarse con la basura de la calle.
—Si se atreve a volver hoy, no se lo voy a perdonar —sentenció Don Octavio con dureza.
Apenas pronunció esas palabras, Darío Alzamora entró con pasos lánguidos, llevando el saco de su traje colgado del hombro.
—Me encantaría saber cómo planea no perdonármelo, Don Octavio.
Darío se sentó frente a Camilo. Sus oscuros y profundos ojos albergaban una emoción escalofriante, y un aura gélida y amenazante lo rodeaba.
Al toparse con la mirada de hielo de Darío, los dedos de Camilo se tensaron de golpe alrededor de su copa.
—¿Qué demonios pasa con esa dueña del casino? —Don Octavio fulminó a Darío con la mirada, reprimiendo su furia para preguntar—: El hijo que lleva en el vientre, ¿realmente es tuyo?
—¿De quién más sería? —Darío giró la cabeza, con una mirada sombría.
—Rompe con ella de inmediato y que aborte a ese niño —ordenó Don Octavio con una autoridad que no admitía réplicas—. Luego anunciaremos a la prensa que todo fue un malentendido para salvar la reputación de la familia Alzamora.
—¿Reputación? ¿Acaso a la familia Alzamora le queda alguna buena reputación? —La mirada serena de Darío se volvió gélida, y una sonrisa lúgubre afloró en su rostro—. A mi madre le gustaban los hombres de afuera, y usted mantiene a una cantante de bar. ¡Con la mala fama de ambos ya es suficiente! ¡Y todavía se atreve a dictar lo que hago con la mujer que amo!
El rostro envejecido de Don Octavio se retorció con ferocidad y adoptó una postura condescendiente.
—Al menos nosotros supimos ser discretos. Pero tú... tú hiciste un escándalo. ¿Tienes idea de cómo te están destrozando allá afuera? ¿De cómo insultan a los Alzamora?
—¡Me importa un carajo lo que digan! —Darío alzó la mirada con pereza, mostrando un desdén evidente y una sonrisa arrogante.

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