—¡Ja!
Camilo mantenía esa sonrisa burlona, clavando sus ojos intensamente en ella: —¿Usas al abuelo como escudo? ¿Te lo enseñó Darío?
—Me lo enseñó la maestra en la escuela. —Lourdes le contestó sin inmutarse—. ¿O acaso en la tuya no te enseñaron que al caminar hay que mirar por dónde vas para no llevarte a nadie por delante?
—¿Tampoco te enseñaron que cuando chocas a alguien se pide perdón, en vez de poner excusas?
—Lourdes Yáñez...
Desde que era un niño, con la única excepción de Darío, nadie se había atrevido a hablarle en ese tono.
Camilo dejó caer su fachada y la miró con gélido desprecio.
—¿Tienes algún problema conmigo, cuñado? —Lourdes no lo dejó terminar—. Si no conoces a ningún buen profesor, no tengo problema en recomendarte uno.
—Se ve que Darío te ha dado muchas ínfulas.
La mirada de Camilo se oscureció. Dio un paso amenazante hacia Lourdes con una sonrisa siniestra.
—Me pregunto... ¿qué vas a hacer el día que él pierda todo su poder?
—Él...
Justo cuando Lourdes iba a contestar, escuchó la voz inexpresiva de Darío a sus espaldas: —Puedes esperar sentado. Me moriré de viejo antes de perder mi poder.
—¿Qué haces aquí afuera?
Lourdes se apresuró hacia Darío, luciendo confundida.
—Vine a buscarte.
Darío la tomó por la cintura. Cuando sus ojos se posaron en Camilo, se volvieron de hielo: —¿Así que un profesor de preescolar? Conozco a los mejores del país. Ya le pediré a alguien que te pase los contactos.
«...»
Camilo apretó la mandíbula. Sabiendo que tenía las de perder, dio media vuelta con expresión lúgubre.
Viendo cómo se alejaba rengueando, Darío añadió con voz clara: —Que alguien asista al joven amo. No vaya a ser que, con esa pierna mala, vuelva a chocar contra alguien más.
Al escuchar eso.
Camilo casi tropieza de la pura rabia.
Empujó al empleado que intentó ayudarle y gritó: —¡Largo de aquí!
Tras soltar su furia, aceleró el paso lo más que pudo.

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