Por la noche.
Aldana daba vueltas en la cama, tenía los ojos cerrados de tanto forzarlos, pero no lograba conciliar el sueño.
Miró la hora.
Tres de la madrugada.
Tomó el celular, abrió su WhatsApp y le mandó un «(-᷅_-᷄)» a Rogelio.
Al segundo siguiente.
Entró una videollamada de él.
El hombre, en pijama, la miraba con ojos llenos de ternura:
—¿No puedes dormir?
—Solo me levanté al baño y estoy haciendo inspección de rutina. —Aldana forzó una sonrisa y contestó con tono perezoso—: No creas que no puedo dormir porque te extraño.
—Pequeña mentirosa.
A Rogelio se le partía el corazón pero no podía evitar sonreír.
—Puse una camisa mía en tu maleta. Prueba a dormir con ella, a ver si te sirve.
Si no funcionaba...
Al día siguiente, saliendo del trabajo, tomaría un vuelo para ir a verla y regresaría de madrugada a trabajar.
Aldana se sentó de inmediato en la cama y empezó a revolver su equipaje.
Efectivamente, encontró una camisa de hombre perfectamente doblada.
Tenía su olor. Ese olor tan familiar.
Aldana la abrazó contra su pecho y se quedó platicando un rato más con Rogelio.
No pasó mucho tiempo antes de quedarse completamente dormida.
***
A las ocho de la mañana.
Aldana se reunió con el Decano Plácido y los demás para ir a la conferencia.
Iba vestida de lo más casual: unos jeans, una sudadera y su cabello ondulado suelto sobre los hombros.
Se veía fresca y desenfadada.
Cuando llegaron al centro de convenciones, ya había mucha gente.
—Universidad de la capital, presente.
Al sonar la voz del maestro de ceremonias, todas las miradas del recinto se clavaron en ellos.
O, mejor dicho, en Aldana.
Al ser un evento internacional, muchos extranjeros jamás habían visto el rostro de Aldana en persona.
Querían ver cómo era esa chica prodigio que, por sí sola, había puesto de cabeza al mundo de la tecnología.
Joven, hermosa, con un aire distante y orgulloso, pero a la vez deslumbrante y llena de vida.
Definitivamente, el aura de un genio era otra cosa.
—¿Qué dicen? ¿Ese rostro es igual de increíble que su intelecto? —comentaban varios jóvenes extranjeros entre ellos.
—Sin duda. —Un hombre sonrió, mirándola con pura admiración—. Lástima que ya esté casada.

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