Su tono era orgulloso y su expresión, de pura arrogancia.
El rostro severo de Rogelio se ensombreció notablemente.
—Rogel, ve a atender a los otros invitados —dijo Héctor, sin percatarse de la expresión cada vez más sombría de Rogelio, tentando a la suerte—. Tranqui, deja a la Curanderita en mis manos.
A fin de cuentas, había visto a sus amigos salir con chicas. Sabía un par de trucos para conquistarlas.
—Aquí no haces falta —Rogelio fulminó a Héctor con la mirada, su voz grave y distante—. Ve afuera a recibir a los invitados.
—¿Eh?
A Héctor se le encogió el corazón, preguntándose si había hecho algo mal. Su expresión se volvió sumisa. —¿Rogelio, por qué me echas de repente?
Hace apenas media hora, Rogelio le había insistido hasta el cansancio en que acompañara y conversara con la Curanderita.
¿Había hecho algo mal?
¡Él no estaba satisfecho!
—Rogelio —Héctor frunció el ceño, con aire lastimero—. No es que no quiera hablar con la Curanderita, es que ella ni siquiera me hace caso. Mírale la cara... es tan agresiva.
Rogelio miró a la chiquilla, y ella, a su vez, le lanzó una mirada fulminante.
Sí, la chica era bastante agresiva.
Pero… también muy adorable.
—Mira, hasta a ti se atreve a mirarte así —exclamó Héctor, agitado—. Sospecho seriamente que la abuela me está empujando a una trampa.
¡¿Acaso seguía siendo un nieto de la familia Lucero?!
—Ya basta —Rogelio, harto de sus quejas, frunció el ceño con impaciencia—. Recibe bien a los invitados y lo que te prometí sigue en pie.
—¿De verdad? —exclamó Héctor, gratamente sorprendido.
—Si no desapareces en diez segundos, mi oferta queda anulada —dijo Rogelio, molesto.
—¡Entendido!
Con esa garantía, Héctor no se atrevió a perder más tiempo. Se despidió de Marcela y salió de la sala de descanso a toda velocidad.

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