—¡Dulces!
Aldana le dio un sorbo a su leche con total parsimonia y miró de reojo al líder criminal: —De los de Paleta de mango. Si te equivocas de sabor, no me lo comeré.
¡...!
A Tobías le hervía la sangre, pero no se atrevía a decir nada.
Jamás en la historia de los secuestros, una rehén se la había pasado tan relajada.
Y lo peor de todo, era que él realmente no se atrevía a contradecirla.
Porque si lo hacía...
Podría alterar su embarazo, y si por algún milagro moría a mitad del trayecto...
Esos cinco mil millones se esfumarían en el aire.
Por el dinero, tendría que tragarse su orgullo.
—También quiero galletas —ordenó ella, acomodándose la paleta de mango en la boca.
Todo el camarote resonaba únicamente con sus constantes demandas.
—¡Come, come, come!
Incapaz de seguir soportando esa "tortura", Tobías le arrojó el bolso sobre la mesa y soltó con fastidio: —Agarre lo que quiera, y si vuelve a decir una palabra, tiraré su estúpido bolso al mar.
—¡A mí no me levantas la voz!
Aldana clavó sus fríos ojos en él y siseó, marcando cada sílaba: —¿Quieres apostar a ver si no acabo con mi propia vida ahora mismo?
—¡Inténtelo! —bramó él, harto de su actitud.
—¿Estás seguro? —Aldana se encogió de hombros, con la actitud de alguien a quien ya no le importaba nada—. Pensándolo bien, la muerte es mucho mejor opción que volverme una traidora.
—Qué oportuno, al menos mi bebé y yo haremos juntos el Camino al Inframundo.
La expresión de Aldana no reflejaba la más mínima pizca de broma. A Tobías se le atragantaron las amenazas en la garganta, sin valor para escupirlas.
Se rindió.
Ponerse a pelear con ella podría terminar provocando una desgracia.
—Está bien —cedió Tobías, forzándose a calmarse y hablando con tono suplicante—. Mi estimada jefa, sírvase lo que guste, ¿le parece bien?
Ahora sí se entendían.
Que fuera una víctima de secuestro no significaba que debiera renunciar a sus derechos básicos.
Bajo la atónita mirada de docenas de matones armados, Aldana hurgó meticulosamente en su bolso.
Finalmente, sacó un par de galletas, un par de dulces más, y una bolsa de tiras picantes de gluten.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector