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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 2136

—¡Señora Lucero!

Antes de perder por completo el conocimiento, los agudos llantos de su bebé y el murmullo de pánico del equipo médico taladraron los oídos de Aldana, provocándole un dolor de cabeza insoportable.

«Silencio.»

«Por favor, silencio.»

...

Cuando volvió a abrir los ojos.

Aldana se dio cuenta de que la deslumbrante luz del quirófano había desaparecido.

En su lugar, una lámpara de techo emitía una luz cálida y reconfortante, bañando toda la habitación en un resplandor acogedor.

Aldana giró un poco la cabeza y su mirada se topó con la espalda ancha y firme de un hombre.

Seguía usando la misma camisa. Lo que antes era una prenda costosa y perfectamente planchada, ahora estaba arrugada, empapada y daba un aspecto deplorable.

No hacía falta ser un genio para adivinar que él se había quedado allí, velando su sueño sin apartarse un solo segundo.

—Rogelio... —susurró Aldana. Su garganta estaba reseca y su voz sonó ronca y débil.

—¡Aldi!

Al escucharla, el hombre se inclinó de inmediato sobre ella, con el pánico dibujado en el rostro.

—¿Cómo estás? ¿Te duele algo? ¿Sientes alguna molestia?

Aldana lo examinó con la mirada. Habían pasado solo unas horas, pero ya le asomaba una sombra de barba descuidada.

Sumado a la camisa echa un desastre, parecía haber envejecido diez años de golpe.

—¿Por qué no dices nada? —Al ver que ella guardaba silencio, la angustia de Rogelio se disparó—. ¿Te duele? ¿Verdad que sí?

Las horas inmediatamente posteriores al parto eran críticas.

No podía permitir que nada saliera mal.

Desde que sacaron a Aldana del quirófano, Rogelio no se había despegado de su lado ni un centímetro.

Al verla postrada en la cama, inmóvil, pálida y conectada a tantos tubos, sintió unas ganas inmensas de abofetearse a sí mismo.

¿Bebé? ¡Al diablo con los bebés!

Si pudiera retroceder el tiempo, jamás habría permitido que ella quedara embarazada.

Al ver su expresión demacrada y angustiada, los labios de Aldana se curvaron en una sonrisa débil, y soltó una pequeña risa:

—Solo di a luz a un bebé, no es el fin del mundo. ¿De verdad tenías que asustarte tanto?

Ella, que era la que había pasado por el cuchillo, ni siquiera se estaba quejando.

Rogelio apretó los puños. Sus ojos, enrojecidos e inyectados en sangre, la miraban fijamente, cargados de emoción contenida.

—Ya pasó todo.

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