¿Hacer qué? Me refería a encender fuegos artificiales. ¿Tú en qué estabas pensando?
Al ver su expresión escandalizada, Rogelio soltó una carcajada:
—Señora Lucero, sus pensamientos no son nada inocentes.
—Yo...
Sintiéndose atrapada por la trampa de Rogelio, a Aldana se le encendieron las mejillas.
Lo empujó indignada y se levantó dispuesta a irse.
Ese bastardo.
¡Era él quien siempre tenía la mente sucia!
—No te enojes.
Rogelio volvió a atraparla entre sus brazos y besó su mejilla:
—Ya tengo listos los fuegos artificiales, solo para nosotros dos.
—¡Entonces ruégame! —le exigió Aldana, mirándolo de reojo con mucha dignidad.
—Hecho —respondió Rogelio sin dudar—. Te lo ruego, mi amor.
Era una frase de lo más normal, pero saliendo de los labios de Rogelio, siempre parecía cargada de doble sentido.
***
Tras cambiarse de ropa.
Rogelio agarró las llaves del auto y salió con Aldana de la mano.
Al pasar por la sala, se encontraron a Maximiliano que aún seguía en su alfombra de juegos.
El niño sostenía un pequeño juguete en las manos. Cuando vio a sus padres, se detuvo en seco.
—¡Ohh!
Maximiliano clavó sus brillantes ojitos en ellos y les dedicó una enorme sonrisa.
Aldana y Rogelio se detuvieron e intercambiaron una mirada.
—¿Y si lo llevamos con nosotros?
—Lo que tú digas.
Rogelio esbozó una sonrisa, agarró a Maximiliano del suelo con una sola mano y con la otra sostuvo a su esposa.
—Que se diviertan, señor y señora —les deseó la niñera mientras los acompañaba hasta la puerta.
Había escuchado que el señor le había preparado un espectáculo de luces a su esposa.
Y el joven amo iba a aprovechar la oportunidad.
***
El deportivo se dirigió hacia las afueras de la ciudad.
Rogelio conducía y Aldana iba de copiloto.
El pequeño «mal tercio» estaba asegurado en su asiento infantil en la parte trasera.
Descalzo y jugando con sus propios calcetines.
No lloró ni se quejó, portándose de maravilla.


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