Dicho y hecho.
Rogelio empacó un par de mudas a toda prisa y se dirigió al aeropuerto.
Brunilda y Maximiliano lo acompañaron hasta la puerta para despedirlo.
—¡Papá!
Maximiliano movió los labios y estiró los bracitos hacia su padre.
Quería que lo cargara.
Rogelio tomó al bebé en brazos, le dio un beso en la frente y le explicó con infinita paciencia:
—Papá va a ir a buscar a mamá. Tienes que portarte muy bien en casa, ¿entendido?
—¡Mmm!
Maximiliano no entendía las palabras de su papá, pero probablemente intuía el ambiente de despedida, porque se aferró a su ropa, reacio a soltarlo.
—Se lo encargo mucho estos días —dijo Rogelio, entregándole a Maximiliano de vuelta a Brunilda.
Aunque Aldi le había dejado estrictas instrucciones de cuidar bien al niño...
El mal presentimiento que le oprimía el pecho era demasiado fuerte; necesitaba verla sana y salva con sus propios ojos para poder tener paz.
Si se enojaba, él aceptaría cualquier castigo.
—En esa caja empacamos los postres favoritos de Aldi —mencionó Brunilda con voz seria—: En cuanto la veas, avísame inmediatamente que todo está bien.
Tanta agitación de su parte estaba consiguiendo ponerla nerviosa a ella también.
—Lo haré.
Rogelio asintió y, antes de marcharse, acarició una vez más la cabecita del pequeño.
—¡Mmm!
Al ver que la figura de su padre desaparecía, Maximiliano empezó a retorcerse inquieto:
—¡Papá!
Antes, bastaba con que dijera «papá» para que él lo alzara en brazos al instante.
Pero ahora...
Su papá se había marchado sin siquiera voltear atrás.
Maximiliano no pudo soportar semejante injusticia; abrió la boca y estalló en un estruendoso «¡Waaah!».
—No llores, mi niño, no llores. —Brunilda lo abrazó rápidamente para consolarlo, explicándole con ternura—: Papá fue a traer a mamá.
—¡Buuu, buuu, buuu!
Maximiliano pataleaba con furia, forcejeando con todas sus fuerzas.
—Ya, ya pasó, mi amor.


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