—Se... Sr. Lucero.
Rogelio rodeó la cintura de Aldana con un brazo, evaluó a Dionisio de pies a cabeza y lo miró con una expresión sombría:
—¿Así que tú eres el culpable de que mi esposa cayera al río?
—Yo...
Dionisio respiró hondo, con el corazón en la garganta, y tartamudeó su disculpa:
—Lo siento mucho, Sr. Lucero. Lo siento mucho, profesora Carrillo.
—Sé que ninguna disculpa compensará el daño que le causé a la profesora Carrillo.
—Aceptaré cualquier castigo que la profesora decida imponerme.
—Hmpf.
Rogelio resopló con frialdad; el desprecio era evidente en sus ojos.
—Lárgate. Y no dejes que vuelva a ver tu cara.
—¿Eh?
Dionisio se quedó pasmado, sin poder creer lo que acababa de escuchar.
Al decirle eso, ¿Rogelio estaba insinuando que lo dejaría ir?
—¿Qué esperas para irte? —preguntó Aldana con tono indiferente y mirada fría—. Mi esposo está a punto de sacar el arma.
—¡Sí, sí, por supuesto!
Dionisio reaccionó de inmediato. Murmuró «lo siento» un par de veces más y se largó corriendo despavorido.
Mientras huía, miraba de reojo hacia atrás, por si Rogelio realmente sacaba una pistola.
—¡Qué pedazo de idiota!
Rogelio apartó la mirada con asco y miró a Aldana.
—Tendremos que investigar quién fue el incompetente que lo dejó entrar al proyecto.
Cuando ves una cucaracha, significa que la plaga ya está en todas partes.
—De acuerdo —asintió Aldana, apretándole la mano—. Te dejaré ese asunto a ti.
Le venía bien ocuparse de algo para liberar un poco de esa furia.
—Vamos a ver esas hierbas medicinales por las que arriesgaste tu vida.
Ya más tranquilo, Rogelio, aún cojeando un poco, tomó a Aldana de la mano y bajaron juntos las escaleras.
Las hierbas medicinales estaban en perfecto estado.
Por seguridad, esa misma noche debían embarcarlas hacia la capital.
El laboratorio de Julieta ya estaba preparado para recibir el cargamento.
—¿Y nosotros? ¿No volvemos con ellas? —preguntó Rogelio, extrañado.
—No.
—¿Tenemos algo pendiente aquí?


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