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Matrimonio por contrato: cláusula de no enamorarse romance Capítulo 3

Su presencia aquí era completamente lógica. La razón por la que el Grupo Alcántara era tan competitivo y adicto al trabajo se debía enteramente a este hombre, el director al que le encantaba trabajar horas extras: Rubén Alcántara.

La sangre se le heló a Eira. La vergüenza que sintió era comparable a que la hubieran pillado in fraganti regando con agua hirviendo la planta de la buena suerte de un rival.-

—Señor Alcántara, disculpe, lo molesté…

La llama se extinguió. Él caminó hacia ella a contraluz, por lo que no pudo ver la expresión de su rostro.

Mirándola desde arriba, Rubén insistió:

—Todavía no me has dicho por qué lloras.

Eira dijo la verdad:

—Terminé con mi novio. No se preocupe, señor Alcántara, no afectará mi trabajo.

Ella estaba de pie bajo la luz, y cada una de sus expresiones quedaba expuesta a la mirada inquisitiva del hombre.

—Ven conmigo a un lugar —dijo Rubén.

A Eira se le llenaron los ojos de lágrimas y una expresión de confusión cruzó su rostro. No podía creer que, incluso en un momento así, Rubén quisiera que trabajara horas extras.

Pero en un instante, contuvo todas sus emociones. Se secó las lágrimas con la mano y volvió a ser la Eira fría y distante de siempre.

—Sí, señor Alcántara —dijo mientras se levantaba, con una expresión serena.

Las puertas del ascensor se abrieron. Él entró y Eira lo siguió.

Los espejos dorados del ascensor reflejaban sus figuras.

A pesar de trabajar hasta altas horas de la noche, el hombre vestía un traje impecable, sin una sola arruga. Bajo la tenue luz, se podía apreciar la exquisita calidad de la tela.

El atractivo rostro de Rubén era casi lo menos destacable de él. Eira rara vez había visto a alguien que irradiara tanta elegancia en cada gesto, en cada respiración.

Sus ojos enrojecidos se encontraron con las pupilas frías y distantes de él en el espejo. Aunque no hacía nada, la presión innata que emanaba de él le dificultaba la respiración.

Rubén notó su mirada y habló.

—Esta noche es un asunto personal. Necesito que finjas ser mi novia para visitar a alguien. Si tienes algún inconveniente, puedes negarte.

Eira pensó que visitarían a algún socio comercial. Confiando en la integridad de Rubén y recién salida de una ruptura, no se negó.

—No hay problema.

Se veía tan frágil que daba miedo decirle algo de más y terminar de romperla por dentro.

Nadie habló durante el trayecto. Él no preguntó por qué había terminado su relación, y ella no preguntó a qué socio iban a visitar.

Poco después, el Maybach negro se detuvo frente a un sanatorio.

Tan pronto como el coche se detuvo, Eira salió disparada como si la persiguiera un fantasma, corrió hacia el lado del conductor y le abrió la puerta a Rubén, cumpliendo diligentemente con su deber.

—Señor Alcántara, ¿qué debo hacer en un momento? —preguntó, temiendo arruinarlo todo sin saber a qué pez gordo iban a visitar.

Bajo la noche, el hombre estaba de espaldas a la farola, lo que hacía imposible distinguir su expresión. Solo se oía su voz, serena y tranquila.

—No tienes que hacer nada. Solo quédate a mi lado.

Eira asintió. Vio que Rubén levantaba el brazo a modo de invitación, mirándola sin decir nada.

Con un poco de retraso, entendió la indirecta y tomó su brazo.

Aun a través de la ropa, pudo sentir vagamente la firmeza de los músculos bajo el traje del hombre.

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