Caminaron bajo la luz de la luna hasta entrar en el sanatorio. La persona que Rubén quería visitar era un anciano.
El señor parecía algo débil, pero su aura era excepcionalmente cálida y amable.-
—Abuelo, te he traído a alguien —dijo Rubén.
Eira se quedó helada. ¡Jamás habría imaginado que la persona a la que iba a visitar era un miembro de su familia!
El anciano se ajustó las gafas de leer en el puente de la nariz y levantó la vista hacia Eira.
—Rubén, esta señorita es…
Antes de que Eira pudiera reaccionar, Rubén le tomó la mano y dijo, palabra por palabra:
—Eira, mi novia.
La mano de Rubén era grande, su palma seca y cálida. La sujetaba con una fuerza que no era ni demasiado fuerte ni demasiado débil.
Sus palabras cayeron como una roca en el corazón de Eira, levantando una gran ola.
Aunque sabía que era una farsa, ni en sus sueños más locos se había imaginado al lado de un hombre tan intocable, ese hombre que parecía estar por encima de las cosas mundanas.
La mano que la sujetaba le dio un golpecito en el dorso, un recordatorio sin la menor insinuación sensual, solo para que reaccionara.
—Es mi abuelo.
Solo entonces Eira volvió en sí. Retiró su mano disimuladamente y se acercó a la cama del enfermo.
—Buenas noches, señor. Me llamo Eira —dijo cortésmente.
El anciano miró a Rubén con alegría.
—¿Y tú qué haces ahí parado? Tráele una silla a Eira.
—No, no, no es necesario, yo… —dijo Eira, asustada, agitando las manos.
Rubén colocó un taburete acolchado detrás de ella y dijo de manera concisa:
—Siéntate.
Frente a su abuelo, Rubén era una persona completamente diferente a como era en la empresa. Era respetuoso, cortés e incluso hablaba mucho más.
Eira, en efecto, no tuvo que hacer nada. Solo se sentó dócilmente a un lado, escuchando a ese hombre, tan meticuloso en el trabajo, inventar historias con total seriedad.
—¿Cuánto tiempo llevan juntos?
—Un año.
—¿Y por qué has tardado tanto en decírmelo?
—Es que ella es tímida.
Rubén miró de reojo a la mujer sentada a su lado, que no mostraba ni rastro de la obediencia y seriedad que tenía en la empresa.
Estaba sentada como una niña de preescolar, con las piernas juntas y la cara sonrojada por la culpa.
Ya en el coche, él no lo encendió de inmediato.
Eira percibió la melancolía que lo envolvía y, por instinto, dijo:
—Señor Alcántara, déjeme conducir.
Si no, se sentiría terriblemente incómoda sentada en el asiento del copiloto.
Las ventanillas estaban cerradas, aislando todos los sonidos del exterior. En ese espacio confinado, el corazón de Eira flotaba como en una nube. No se atrevía a apresurarlo ni a hacer preguntas, dejando que el reloj de arena de su mente marcara el paso del tiempo.
—Asistente Eira.
El tono de Rubén era tan tranquilo como siempre, pero a oídos de Eira sonó como si pasaran lista en una clase de la universidad. Casi se levanta para responder «presente».
—Señor Alcántara —dijo ella, pellizcando nerviosamente el borde de su abrigo.
Esperaba que no fuera a despedirla por haber violado alguna regla sagrada al llorar en la empresa esa noche.
Rubén se giró para mirarla. Su mirada era calmada y serena.
—Quiero proponerte un trato.
«Al menos no es un despido», pensó. La espalda tensa de Eira comenzó a relajarse lentamente.
—¿Qué trato?
—Cásate conmigo.

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