El Maybach se detuvo frente al hotel. Renato bajó del auto, rodeó el vehículo y le abrió la puerta a Magdalena.
Justo cuando Magdalena bajaba, dos personas salieron de otro auto que se había estacionado cerca. Eran Lázaro Guzmán, vestido con un impecable traje de etiqueta, e Irene Blanco, que llevaba un vestido de noche bajo un abrigo de corte medio.
Magdalena se quedó paralizada por un momento. Miró de reojo a Lázaro y luego su vista se posó en la mujer que lo acompañaba.
Irene llevaba un vestido azul lago, su cabello estaba arreglado en un elegante peinado y su maquillaje, con un delineado sutil pero cautivador, resaltaba sus facciones. El labial rojo anaranjado le sentaba perfecto a su tono de piel.
Reconoció de inmediato que la acompañante de Lázaro era la misma mujer que había visto herida en el hospital aquella mañana.
Inconscientemente bajó la mirada hacia la pierna derecha de Irene, pero el largo vestido cubría hasta los tobillos, ocultando cualquier herida.
Lázaro también volteó hacia ellos. Sus oscuros ojos eran tan profundos que resultaba imposible adivinar lo que estaba pensando.
Renato le ayudó a quitarse el abrigo, lo dobló con cuidado y lo dejó dentro del auto. Cerró la puerta, le entregó las llaves al valet parking y, rodeándola protectoramente por la cintura, caminó hacia el salón de eventos.
Otro valet parking se acercó a Lázaro. Irene también se quitó el abrigo y lo dejó en el auto, quedando solo con el ligero vestido.
Lázaro no se movió de inmediato, así que ella se quedó a su lado. El viento helado de la noche la hizo temblar.
Solo cuando Lázaro vio que Renato y Magdalena subían las escaleras hacia la entrada, comenzó a caminar. Irene lo siguió de cerca.
Al llegar a las puertas del salón, Lázaro levantó ligeramente el brazo. Irene se quedó mirándolo, confundida.
—Tómame del brazo —dijo él con voz neutra.
Irene dudó un instante antes de entrelazar su brazo con el de él, robándole una mirada furtiva a su perfil.
El contraste entre el frío de afuera y el ambiente del interior era brutal. Al entrar al salón, Magdalena por fin sintió el reconfortante calor de la calefacción.

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